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Nazis en Wall Street, 5ª parte: La guerra acaba, la colaboración continúa (revista Amor y Rabia, N° 65)

Published on: domingo, 10 de mayo de 2020 // ,


A medida que se vislumbraba la derrota de Alemania y, por tanto el fin de la Segunda Guerra Mundial, los industriales norteamericanos que habían colaborado con los nazis evolucionaron hacia posturas más “leales” a la causa aliada. Sin embargo, ello no significó una ruptura con sus socios comerciales del III Reich. Muy al contrario, este grupo de empresarios colaboracionistas ante todo protegió sus intereses en Alemania y trataron de influenciar la reconstrucción de una Europa que, si bien bajo formas de gobierno liberales, siguiera siendo favorable a los intereses de estas compañías. Eso sí, para ello, había que rehabilitar a los que habían sido hasta entonces sus socios, los antiguos nazis, algunos de cuales habían sido acusados de graves crímenes de guerra por los supervivientes del Holocausto.

Una de los nombres que más resuenan en esta historia es el de los hermanos Dulles. Como ya hemos dicho John Foster y Allen Dulles, eran un pareja de importantes abogados de la firma de abogados de Wall Street Sullivan and Cromwell y los arquitectos de las redes financieras que vinculaban a ciertas empresas norteamericanas con el III Reich. Expertos en finanzas internacionales, su influencia se hace notar por primera vez en el Tratado de Versalles. Según este tratado Alemania tenía que pagar una serie de indemnizaciones en oro, pero Alemania no tenía oro, por lo cual se vio obligada a pedirlo prestado a clientes de Sullivan and Cromwell en los EE.UU. Casi el 70% del oro que fluyó a Alemania en los años 30 procedía de inversores de los EE.UU., muchos de ellos clientes de dicha firma de abogados. Pero además John Foster tenía importantes conexiones con el capital nazi pues ocupaba un cargo en la dirección de la IG Farben.

John F. Kennedy con los directores de la CIA Allen Dulles y John McCone en 1962

Pero las actividades de los hermanos Dulles no tardarán mucho en ser conocidas. Según explican John Loftus y Mark Aarons The Secret War Against The Jews (= 'La guerra secreta contra los judíos') Roosevelt mandó espiar Wall Street pocos meses antes de entrar en guerra en busca de colaboradores financieros e industriales del III Reich. Esta operación se llamó el “Proyecto Ultra” y fue llevada a cabo conjuntamente por agentes de inteligencia norteamericanos e ingleses. Poco después, Allen Dulles fue puesto al frente de la rama neoyorquina de la Office of the Coordinator of Information (COI), la nueva agencia de inteligencia de Roosevelt, precursora de la OSS. Se trataba de mantener a Dulles en un lugar donde sus actividades no pudieran pasar desapercibidas, pues los resultados de las escuchas secretas en Wall Street habían confirmado las sospechas de Roosevelt. Irónicamente la primera misión de Dulles era recopilar información contra los nazis y sus colaboradores. Paralelamente, desde dentro del COI un hombre de confianza de Roosevelt, Arthur Goldberg, informaba al presidente de que Dulles continuaba en contacto con sus poderosos socios, los cuales estaban ahora por deshacerse de Hitler e instalar un gobierno títere en Alemania que, en consonancia con sus intereses económicos, hiciera las paces con los aliados y forjara con éstos una alianza contra la Unión Soviética. Se trataba, pues, de una versión amable del III Reich, totalmente dócil a los intereses financieros norteamericanos.

Contra Dulles también se recogie- ron evidencias a través de la llamada Operation Safehaven (= 'Operación Puerto Seguro'), cuyo objetivo era seguir los movimientos del botín de oro robado por los nazis. Así, Dulles fue utilizado como cebo y fue enviado a cumplir una misión en Suiza donde el Departamento del Tesoro de los EE.UU. sospechaba que el espía norteamericano ayudaría a sus clientes alemanes en el lavado del dinero. Pero hubo una filtración, probablemente a través del vicepresidente Wallace, y Dulles supo que estaba bajo vigilancia. Al poco tiempo Roosevelt destituyó a Wallace y nombró al senador Harry S. Truman vicepresidente.

El futuro Papa Pio XII con Mussolini durante la firma de los Tratados de Letrán en 1929

Siguiendo con el asunto del oro nazi, en 1943 tras la derrota alemana en Stalingrado muchos industriales nazis se dieron cuenta que estaban en el bando perdedor y decidieron evacuar sus riquezas. Uno de los destinos preferidos era Argentina donde el gobierno de Perón estaba recibiendo los vuelos cargados de dinero alemán con los brazos abiertos; y en medio de todo estaba Allen Dulles, protegiendo los envíos. Pero ¿dónde fue a para el fabuloso tesoro del Reichsbank (1), fruto del robo masivo realizado bajo el III Reich? La respuesta es que la mayor parte del dinero pasó a través de Austria a Italia.Allí esperaban los contactos de Dulles en el Vaticano, porque el Vaticano era pieza clave en los planes de evacuación del oro nazi. Dos de los más destacados contactos de Dulles eran Hugh Angleton y su hijo James Jesus Angleton, que pertenecían a la sección de contrainsurgencia de la OSS norteamericana. Como Dulles, Hugh Angleton estaba involucrado en tramas financieras de los poderes del Eje, pues era el representante en Europa de una entidad financiera americana en tratos con los nazis y además había sido socio de Dulles. Cuando estalló la guerra sus inversiones se quedaron en manos enemigas, y como otros clientes de Dulles quería que le devolvieran el dinero por lo que al igual que aquél acabó enrolado en la OSS.

Aquí sería conveniente hacer un inciso para explicar el papel jugado por el Vaticano en este asunto. Antes de la guerra el Vaticano realizó importantes inversiones en la Alemania nazi e incluso hizo donaciones a Hitler. Esto es lo que asegura el testimonio de una monja alemana, la hermana Pascualina Lehnert, que era el ama de llaves (y amante) del nuncio papal en Munich, nada menos que Eugenio Pacelli, el que luego se convertiría en el Papa Pío XII. Según recogen en su libro Loftus y Aarons la monja Pascualina manifestó que recibió a Hitler en la casa de Pacelli y que, por orden de éste, dio al Führer dinero procedente de la Iglesia Católica. Más tarde el propio Pacelli aconsejó al Vaticano hacer fuertes inversiones en la Alemania nazi. Pero al acabar la guerra, Pacelli, ya convertido en Pío XII, se encontró con el mismo problema que los hermanos Dulles: el dinero estaba en manos de los nazis y había que recuperarlo.

IZDA.: Krunoslav Draganovic, apodado "el cura de oro" en la postguerra.
DCHA.: El arzobispo esloveno Gregorij Rožman con el general de las SS Erwin Rösener




Pero sólo una pequeña parte del botín se fue a parar directamente al Banco Vaticano quedándose la mayoría en bancos “amigos” de Bélgica, Liechtenstein, y sobre todo, Suiza. Tan sólo hacía falta mover los documentos sobre la propiedad del oro, no el oro mismo. Así Dulles, sabiendo que estaba siendo vigilado, recurrió a correos, la mayoría de ellos agentes de inteligencia del Vaticano que tenían inmunidad diplomática para moverse desde filas nazis a aliadas. Uno de estos agentes era la eminencia gris de la inteligencia vaticana en los Balcanes, el bosnio-croata Krunoslav Draganovic. Éste se vio involucrado en el traslado de grandes cantidades del botín a la Santa Sede con ayuda del grupo de Dulles y Angleton. Algunos cargamentos eran transportados en camiones de las tropas británicas y otros en jeeps del ejército americano cedidos al padre Draganovic para que los usara en sus visitas pastorales en representación del Vaticano. Por su parte el arzobispo esloveno, Gregory Rozsman con la ayuda de los compinches de Dulles en el servicio de inteligencia norteamericano se encargó de organizar la transferencia de ingentes cantidades del oro y divisas discretamente depositado durante la guerra por los nazis en bancos suizos. Durante meses los aliados impidieron el acceso a Rozsman a este tesoro, pero misteriosamente al final el camino acabó por despejarse. La conexión Dulles-Vaticano había funcionado a la perfección, y el botín apareció en las manos de quienes lo habían robado, a saber, los nazis evadidos a través de las “rutas de las ratas” montadas por el Vaticano, que ahora estaban ocultos en Argentina.

 El Vaticano construyó un vasto imperio financiero gracias a las "reparaciones que recibió de Mussolini, según se ha sabido (FUENTE)


Un poco antes se había creado el Banco del Vaticano, que jugó un papel clave en el control de los flujos de capital que querían huir del continente europeo. Al mismo tiempo, el cardenal Spellman, jefe de la Iglesia católica de EEUU, visitaba Roma para sentar las bases de la colaboración entre los aliados y el Vaticano, cuyo objetivo era cortar el paso al comunismo y evitar la pérdida del control de Europa tras la guerra.

Pero al poco tiempo moría Roosevelt y, con él, el plan de localizar el oro nazi. Dulles y sus socios se habían salido con la suya. Y prueba de ello es que más de 60 años después del fin de la guerra basta con echar un vistazo a las listas de las fortunas más grandes del planeta que publican revistas como Fortune para darse cuenta de que muchos de los apellidos que aparecen en ellas coinciden con los de algunos de los industriales y banqueros cercanos a Hitler. Esto significa que tras la guerra los hombres de negocios que apoyaron a Hitler gozaron de impunidad casi absoluta.

Las conexiones entre el gran capital de EEUU y el de la Amenaia nazi, infografic publicado en 1942 en la revista estadoundiense PM


A este clima de impunidad contribuyeron, por supuesto, Dulles y sus socios. Éste al verse en la necesidad de ocultar sus tratos con los nazis usó su cargo en la inteligencia norteamericana para destruir documentos y obstaculizar cualquier investigación que derivara en una eventual depuración de responsabilidades. Además movió todos los hilos necesarios para poner fin a la Operación Puerto Seguro (2). Ante todo Dulles buscaba que ni un solo empresario americano fuera juzgado por colaboración con los nazis; y lo consiguió, ni uno solo fue juzgado a pesar de la gran cantidad de evidencias que inculpaban a muchos de ellos. La inteligencia norteamericana tenía dos grandes Centros de Internamiento de Civiles donde retuvo a un buen número de norteamericanos que se habían quedado en Alemania durante la guerra para colaborar con el III Reich, cuya culpabilidad estaba suficientemente probada por multitud de documentos que fueron aprehendidos a los nazis. Sin embargo, el fiscal del Departamento de Justicia de los EE.UU., que estaba encargado de preparar los cargos por traición contra este grupo de colaboracionistas, Victor Wohreheide, dio de repente orden de que los liberaran. Al mismo tiempo otro fiscal del Departamento de Justicia, O. John Rogge, que se atrevió a dar un discurso en contra de los colaboracionistas norteamericanos fue rápidamente cesado. Como consecuencia, el primero de estos fiscales recibió un ascenso. Al final a todos los detenidos se les permitió volver a los EE.UU. y reclamar la ciudadanía americana.

Caricaturas aparecidas en la prensa de EEUU en la postguerra criticando el trato de favor a los capitalistas alemanes que habían apoyado a los nazis


En cuanto a Gran Bretaña, su manera de actuar frente al colaboracionismo fue muy parecida a la de los EE.UU. Así, las autoridades británicas en Alemania dieron órdenes al ejército americano en Alemania de que también soltaran a los colaboracionistas ingleses retenidos y los enviaran al Reino Unido junto con todas las pruebas que los inculpaban. De hecho, Churchill, incluso antes de la muerte de Roosevelt, había abandonado su propósito inicial de procesar a los nazis. La razón era que demasiados personajes de las clases altas inglesas y demasiadas compañías inglesas habían apoyado a Hitler. Pero además había otra razón: ahora el enemigo era la Unión Soviética. De pronto, los fondos británicos para sufragar los juicios contra los nazis se esfumaron y antiguos banqueros nazis como Hermann Abs salieron de prisión para trabajar para los ingleses en la zona de Berlín que éstos ocupaban (12).



 La cúpula directiva de I.G. Farben en 1947, al inicio de su juicio en Nurenberg


Pero ¿qué ocurrió con aquellos industriales alemanes que fueron el sostén económico del nazismo? Con respecto a éstos, las autoridades aliadas fueron bastante poco severas, por no decir que predominó también la impunidad. El corazón de la industria nazi, la IG Farben, no fue en absoluto desmantelada (tan sólo dividida en compañías más pequeñas), y además fue compensada económicamente por los daños sufridos por los bombardeos aliados. Eso sí, algunos industriales como Alfred Krupp (que llegó a ser miembro del partido nazi) o algunos cargos de la propia IG Farben pasaron por el banquillo de los acusados en Nürenberg en 1948 y fueron condenados a penas de prisión. Pero al poco tiempo, en 1951 fueron todos excarcelados, y algunos, como Krupp volvie- ron, a sus antiguos cargos directivos.

Krupp juzgado en Nurenberg


En el caso de los criminales de guerra nazis, el panorama fue algo distinto. Una parte de ellos, fueron sentenciados a muerte y acabaron siendo colgados; y otra parte, no poco numerosa, fue encarcelada. De éstos últimos, la mayoría fueron saliendo discretamente de prisión en los años que siguieron a los juicios de Nürenberg. Y todo ello gracias a las maniobras políticas del nuevo gobierno “democrático” alemán del derechista Konrad Adenauer en connivencia con las autoridades norteamericanas. Según cuenta T. H. Tetens en su libro New Germany And The Old Nazis (= 'La nueva Alemania y los viejos nazis'), en 1950 aprovechando el apoyo de los EE.UU. a la idea alemana de crear un ejército de 500.000 hombres, las SS (ahora reorganizadas bajo las siglas de la neonazi HIAG) y algunos viejos oficiales de la Wehrmacht iniciaron una campaña para excarcelar a todos los criminales de guerra en prisión. La campaña, que contaba con bastantes simpatizantes, dio pie a Adenauer a llevar a cabo una política de amnistía general camuflada bajo la coartada de la “libertad bajo palabra” o la “excarcelación por enfermedad”. Adenauer acordó con el Alto Comisionado de la Ocupación de Alemania, el norteamericano, John J. McCloy, nombrar un comité secreto con participación alemana para la revisión de las penas de los criminales de guerra nazis. Éste comité en cuestión de cinco años fue liberando poco a poco (para no levantar sospechas) a cientos de miembros de las SS implicados en el exterminio de inocentes en campos de concentración como Dachau, Belsen o Buchenwald, por supuesto, manteniendo sus nombres en el más riguroso secreto. Irónicamente, según afirma otro estudioso del tema, Christopher Simpson, en su libro Blowback, “mientras el nazismo y los más estrechos colaboradores de Hitler siguieron siendo públicamente condenados en todo occidente, las auténticas investigaciones y acciones legales contra crímenes nazis concretos quedaron paralizadas”.

 El nazi Sepp Dietrich


Un caso muy claro de esta política fue el del que fuera jefe de los guardaespaldas de Hitler, Sepp Dietrich. Dietrich había sido responsable de múltiples crímenes contra la humanidad como el exterminio de la población judía de la ciudad de Kharkov así como de la ejecución de 600 civiles y prisioneros de guerra en la masacre de Malmedy, sonde 112 soldados americanos perdieron la vida. Por ello fue condenado a muerte, pero pronto la sentencia fue conmutada por la pena de cárcel. Finalmente en 1955, Dietrich fue uno de los últimos criminales de guerra en salir de prisión tras lo cual fue recibido por el gobierno de Bonn con una paga de 6000 marcos.

El senador Joseph McCarthy



Pero más grave aún fue el hecho de que una importante personalidad de la política norteamericana escribiera en un artículo publicado en el New York Times del 1 de febrero de 1951 a favor de la excarcelación de los criminales de guerra nazis. Más concretamente, el autor del artículo calificaba la decisión de liberar a los responsables de la muerte de 600 personas desarmadas en Malmedy como “extremadamente inteligente”. Este personaje era el senador republicano Joseph McCarthy, que se distinguiría en la década de los 50 por su feroz persecución contra la disidencia de izquierda norteamericana. Empezaba la guerra fría y los EE.UU. buscaba aliados para luchar contra la influencia de la URSS en Europa, para lo cual utilizó el anticomunismo visceral de los antiguos nazis. A partir de ese momento, y coincidiendo con la guerra de Corea, el gobierno norteamericano aboga por remilitarizar (aunque con limitaciones) Alemania, a pesar de las reticencias de muchos países europeos como Francia o Gran Bretaña. De ahí que en esta época a muchos ex-SS les fuera restituida su antigua influencia y muchos de ellos pasaran a involucrarse en ope- raciones secretas (tráfico de armas, contrabando de narcóticos, entrenamiento de paramilitares ultraderechistas, apoyo a golpes de estado y dicta- duras anticomunistas, etc.) para las distintas administraciones norteamericanas como las de Nixon (3), Reagan o Bush.

Notas

  1. El botín reunido por el régimen nazi, unos 2.5 billones de dólares, constituye uno de los robos más grandes de la historia y todavía sigue siendo reclamado por los familiares de las víctimas del Holocausto.
  2. La Operación Puerto Seguro fue un intento de localizar y recuperar el botín procedente del expolio nazi durante la Segunda Guerra Mundial y estaba dirigida por el Secretario del Tesoro de Roosevelt, Henry Morgenthau.
  3. El historial pro-nazi de Nixon es impresionante. En 1945 Nixon era un oficial de la marina norteamericana encargado de revisar documentos incau- tados a los nazis. Al poco tiempo éste cayó bajo la influencia de Allen Dulles, quien le convenció para que hiciera desaparecer documentos muy comprometedores para uno de sus clientes, el alemán Karl Blessing, director del cartel nazi del petróleo Kontinentale Öl AG, con vínculos con la IG Farben, con Ibn Saud (rey de Arabia Saudí) y la Aramco (la compañía de petróleo árabe-americana). Más tarde Dulles ayudó a Nixon en sus campañas presidenciales en las cuales se rodeó de un equipo de colaboradores ex-nazis, sobre todo Ustashis croatas y Cruces Flechadas húngaros. A éste último grupo pertenecía Lazslo Pazstor, jefe de un núcleo neofascista que apoyó a Nixon en la campaña de 1968. Más tarde en 1972 Nixon aliado con la ITT organizó una campaña contra el gobierno socialista de Salvador Allende que culminó en el golpe de estado del general Pinochet del 11 de septiembre de 1973.

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