Palabrería reaccionaria
Un cartel de propaganda bolchevique de 1920 de Aleksei Kadakov que se subtitula “Un analfabeto es un ciego. Todos los errores y desgracias le esperan” es perfectamente aceptable por el anarquismo, al condensar la herencia ilustrada del movimiento revolucionario. Actualmente, esa imagen define perfectamente la esencia del Posmodernismo, una ideología surgida como crítica literaria y que se ha difundido rápidamente por los ambientes universitarios de EEUU, primero, y por los del resto de occidente después. En realidad no es una ideología, ya que carece de ideas fuerza, sino una antiideología; la ideología posmoderna, ampliamente difundida en el seno de la burguesía, no tiene nada que ver con los nihilistas rusos del siglo XIX, ya que estos no creían en nada pero estaban dispuestos a morir por ello. Nada de esta épica impregna a los posmodernos, cercanos además a los círculos de poder que combatían los nihilistas.
El fenómeno intelectual posmoderno tiene su principal antecedente en otro fenómeno intelectual más antiguo, la escuela griega de los Sofistas; mientras las demás corrientes filosóficas pretendían buscar un sentido a la vida, los sofistas tan solo se dedicaban a hacer acrobacias con el lenguaje, y aprovechaban los puntos débiles de las escuelas filosóficas para ponerlas en ridículo. La base de la sofística, como la del posmodernismo, era un análisis y manipulación consciente del lenguaje, y a ello se debe la aparición de la palabra sofisma, un “argumento falso o capcioso que se pretende hacer pasar por verdadero”. La aparición de los Sofistas coincide con el punto álgido de la filosofía griega, siendo paralelos a Sócrates y Platón, defensores del objetivismo, tras los cuales se inicia la decadencia irremediable de la cultura y pensamiento de la Grecia clásica.
El paralelismo es especialmente interesante, dado que Sofistas y Posmodernos surgen como reacción al objetivismo y, en definitiva, la racionalidad, oponiendo en ambos casos mera retórica vacía, acrobacias del lenguaje sin contenido alguno. Pero más importante aún es saber las consecuencias del rechazo del racionalismo. En el caso de Grecia, la decadencia de la filosofía abrió paso a escuelas basadas en el hedonismo y la apatía. Esta pérdida de vigor intelectual tuvo consecuencias funestas, al abrir las puertas a un desarrollo inesperado: la fusión de una filosofía helenística, que ya no creía en nada, con la religión judía, cuyo extremo dogmatismo daba un nuevo sentido a la vida. La ciudad siria de Antioquía será el crisol donde helenismo y judaismo se fusionaron para dar lugar al nacimiento del cristianismo. Allí será donde, según la Biblia, surge la palabra cristiano, de raíz griega (Cristo, Χριστός) y significado judío (Mesías), y allí reside San Pablo, principal responsable en la construcción y expansión del cristianismo.
El resultado de la pérdida del norte de la filosofía clásica dio lugar a un monstruo similar al ISIS que, como explica al detalle Catherine Nixey en La edad de la penumbra, dedicó sus energías a eliminar todo rastro de pensamientos contrarios a su dogma religioso, y su éxito fue casi total: nada menos que el 99% de la literatura latina clásica se ha perdido por su furia destructora. Hoy día el posmodernismo cuestiona las bases de la Ilustración y la ciencia, siguiendo los pasos del sofismo, y Foucault, pilar de la ideologia posmoderna, apoyó la toma de poder de la teocracia islamista de Jomeini, que calificó de “revolución social”. Que no nos engañe su envoltorio aparentemente liberador: las fuerzas que quiere liberar nos devolverán a la Edad Media si no lo impedimos.