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Noticias Amor y Rabia

Pandemania: El culto a la seguridad

Published on: sábado, 20 de agosto de 2022 // ,


por Carlos Eisenstein


¿Qué nos hizo obedecer las insanas y tiránicas medidas contra el Covid? Una sociedad dominada por el miedo aceptará cualquier política que prometa seguridad. ¿Cómo reducimos los niveles ambientales de miedo?


11 de agosto de 2022


Un hombre, lo llamaré Kyle, me contó una historia el fin de semana pasado. Era un administrador de un asilo de ancianos que, sin dudarlo, porque era necesario para mantener su trabajo, se inyectó los medicamentos de ARNm contra el Coronavirus. Inmediatamente, tras un segundo, tuvo una reacción anafiláctica (una reacción "explosiva" del sistema inmune hacia un agente externo que afecta a todo el organismo y se instaura en pocos minutos, AyR) y tuvo que ser trasladado de manera urgente a la sala de emergencias. Sobrevivió de milagro. A continuación, tuvo que dejar su trabajo porque requería que todo el personal recibiera inyecciones de refuerzo. Compartió su experiencia en las redes sociales, pero sus post fueron eliminados por violar las reglas. Meses después, buscó en el VAERS (Sistema de Informe de Sucesos Adversos ante Vacunas) para ver si habían informado sobre su caso. No lo habían hecho. Kyle no parecía enojado por lo que le había sucedido, pero su confianza en el sistema probablemente nunca se recuperará. Otros con los que hablé no son tan moderados. Están furiosos, y su furia no disminuye cuando se les dice que perdonen y olviden, sin que las personas responsables de hacer cumplir las medidas contra el Covid-19 tengan que pagar por sus consecuencias, y no trinan motivo para creer que algo así no volverá a suceder.


Esta furia se puede dirigir fácilmente hacia objetivos inocentes o superficiales. El peligro de que volvamos alegremente a la normalidad como si la pandemanía nunca hubiera ocurrido se corresponde con el peligro de que la furia se convierta en combustible para el odio mutuo. De hecho, el aspecto más impactante de la pandemanía fue la división de la sociedad, de iglesias, clubes, escuelas e incluso familias en campos de batalla. ¿Podemos analizar la debacle sin caer en explicaciones superficiales y falsas culpas?


Estoy escribiendo esta serie de artículos para hacer mi pequeña parte para evitar que la pandemanía vuelva a ocurrir. En mi opinión, no basta con destituir a los funcionarios corruptos del poder o reformar las instituciones médicas, farmacéuticas y reguladoras. Mi pregunta es, para empezar: ¿Qué nos hace, como sociedad, ser tan vulnerables a ser manipulaos por ellos? ¿Qué nos hizo tan complacientes con la locura del Covid-19, tan dispuestos a creer las mentiras, tan dispuestos a aceptar políticas degradantes, tiránicas e irracionales ?


Las dos primeras condiciones fueron la definición de enemigos, las moralidad de las turbas y la formación ideológica de las masas. Si nos fijamos en la tercera…


Mientras el debate sobre las medidas de salud pública dé por sentada la suposición de que su objetivo es minimizar la enfermedad y la muerte, entonces, inevitablemente, se sacrificarán otros valores en el altar de la seguridad.


Las libertades civiles no garantizan la seguridad de las personas. Las fiestas y raves no garantizan la seguridad de las personas  Los abrazos y los apretones de manos, las actuaciones en directo, los festivales, los grupos de canto y los partidos de fútbolno garantizan la seguridad de las personas. Los niños están más seguros en casa que en el patio de recreo. Están más seguros frente a sus pantallas que al aire libre. Incluso sin el Covid-19, todo esto es cierto.


Cuando debatimos sobre si la obligatoriedad de usar mascarillas o imponer confinamientos realmente marcaron alguna diferencia a la hora de combatir el Covid-19 o su mortalidad, aceptamos tácitamente que, si ayudaron, entonces deberíamos ponerlas en marcha. Aceptamos la minimización de riesgos como el principal principio rector de la política pública. Aceptando eso, se deduce que debemos ponernos mascarillas, distanciarnos unos de otros y encerrarnos en casa para siempre. ¿Por qué no, si vivimos para estar seguros?


¿Suena descabellado? Varias autoridades sanitarias lo aconsejan, en particular la nueva presidenta del Grupo Asesor Técnico de la Organización Mundial de la Salud, Susan Michie (1). El Dr. Anthony Fauci opinó en 2020 que nunca más deberíamos darnos la mano (2). Si estamos dispuestos a hacer todo para estar seguros, probablemente tengan razón.


En realidad, permítanme retractarme: probablemente estén equivocados. La ironía de la búsqueda de la seguridad es que da lugar a un éxito temporal pero, muy a menudo, da lugar a largo plazo a más peligros. Considere el extremo, en el que cada persona vive en una burbuja aséptica. Ningún vector de enfermedades puede entrar, por lo que están perfectamente a salvo de infecciones. Por otro lado, sin desafíos, su sistema inmunológico se deteriora, dejándolos vulnerables a cualquier germen normalmente inocuo que ingrese en esa burbuja. Deben mantener una vigilancia constante. Nunca se sentirán verdaderamente seguros.


Además, incluso si nunca entra ningún germen, sufrirán otras dolencias porque la microbiota beneficiosa no se repondrá ni se modulará a través del intercambio constante con el mundo exterior. La vida no prospera en un confinamiento.


Durante la pandemanía de Covid-19, nadie vivió en una burbuja hermética absoluta, pero, sin embargo, hay indicios de que la transmisión reducida de resfriados y gripes debilitó el sistema inmunológico de las personas.


Muchas personas informaron haber contraído "la madre de todos los resfriados" después de que se relajaron los confinamientos. Las tasas más altas de mortalidad después de la pandemanía podrían deberse no solo a los daños provocados por las vacunas, sino también a la interrupción general de la inmunidad y el bienestar fruto del confinamiento. En una ironía adicional, ahora parece que la vacunación ni siquiera puede hacer que las personas estén más seguras frena al Covid-19 (3)


En definitiva, la obsesión por la seguridad da frutos perversos. Lo mismo ocurre con todas las formas de un Estado basado en la seguridad. Los países con muchas prisiones, grandes ejércitos y guerras en el extranjero tienden a sufrir altos niveles de delincuencia, violencia doméstica y violencia contra uno mismo (suicidio) .


Si hacemos todo lo posible por la seguridad, la gente será fácilmente manipulada apelando a cualquier amenaza que los haga sentirse inseguros. Para inmunizarnos contra eso, tenemos que reconocer otros valores, como la diversión, la exploración de límites, la aventura, la sociabilidad, el tacto, reír juntos, llorar juntos, respirar juntos y bailar juntos. Después de todo, el objetivo de la vida no puede ser ir algún día a la tumba habiendo vivido lo más seguro posible.





Una objeción obvia a lo anterior es: “Está bien que uno corra riesgos consigo mismo, pero no es ético hacer nada que comprometa la seguridad de los demás. Nadie tiene derecho a poner en riesgo a otros”. Además, dado que tomar riesgos uno mismo potencialmente da lugar a usar camas de hospital que podrían destinarse a enfermos graves, cualquier comportamiento arriesgado también pone en riesgo a otros.


Este es un argumento de hombre de paja (Usar los argumentos de otra persona, deformarlos al máximo, y usar esa deformación como si fuera la afirmación original, AyR). No se trata de tener la máxima libertad en un desprecio imprudente por el bienestar de los demás. Se trata de que, tanto colectiva como individualmente, debemos estar a favor de otros valores además de la seguridad. En el ensayo que da título a mi nuevo libro, La coronación, me preguntaba:


¿Pediría a todos los niños de país que dejaran de jugar por una temporada si eso redujera el riesgo de muerte de mi madre o, de hecho, mi propio riesgo de morir? O podría preguntarme: ¿Decretaría el fin de los abrazos y los apretones de manos, si eso salvara mi propia vida?


Quería decir que, colectivamente, estábamos decretando precisamente eso. Lo hicimos porque defendimos la seguridad como la virtud primordial. El contacto social, las libertades civiles y el resto se interpretaron como no "esenciales", y su sacrificio como un inconveniente menor. Colectivamente, al menos en nuestro consenso político, decidimos mantenernos lo más seguros posible.


¿Bajo qué circunstancias tendría realmente sentido perseguir una vida de minimización de riesgos? Bueno, podría tener sentido si fueras inmortal; si al evitar enfermedades y lesiones pudieras permanecer vivo para siempre.


Casi nadie cree realmente que puedan vivir para siempre, pero muchos de nosotros nos comportamos como si pudiéramos. Es por eso que las experiencias cercanas a la muerte suelen ser tan transformadoras. Lo mismo ocurre con la muerte de un ser querido, o un roce cercano con la muerte de uno mismo. Todos ello destapa la ilusión de permanencia que la cultura moderna busca mantener por todos los medios.


No diré más sobre esto, ya que he escrito extensamente sobre la fobia a la muerte en The Coronation y he hablado mucho sobre eso en podcasts, y estoy cansado de decir lo mismo una y otra vez. Debería ser obvio: el objetivo de la vida no puede ser sobrevivir, y el intentarlo nos lleva a vivir a una vida media estrecha y temerosa.


La manía de seguridad y la fobia a la muerte no son una locura repentina e inexplicable. Son parte de un estado global del ser humano que ha llegado a su extremo en la civilización moderna. Es el yo separado desechado en un mundo material sin espíritu que anhela protegerse a sí mismo por encima de todo. Aquellos que saben que son parte de una historia más grande que su biografía, están más dispuestos a arriesgar la vida por ella. El mejor ejemplo de eso es simplemente la historia de amor. Amar es incluir a los demás en el círculo del yo. Es expandirse más allá de la propia individualidad. Tu dolor y tu alegría son inseparables de tus personas amadas. Por supuesto, todavía queremos seguir con vida, pero para el amante, no es la máxima prioridad absoluta.


Es por eso que durante mucho tiempo he advertido al movimiento ecologista que se aleje de la retórica de “Debemos cambiar nuestras formas, o no sobreviviremos”. La verdadera solución es volver a enamorarse del mundo viviente, verlo como algo que amamos, no como una colección de recursos, un basurero o un proyecto de ingeniería. Entonces no solo sobreviviremos, sino que floreceremos, como lo hace uno cuando se une a su amante.


La manía de seguridad y la fobia a la muerte son signos de una desconexión entre el propósito y la pasión. Si no tienes nada más importante que tu propia vida, entonces preservar la vida se convierte en el único propósito. Porque nuestra respuesta civilizatoria a "¿Por qué estamos aquí?" se ha desmoronado, muchos de nosotros individualmente también tenemos problemas para responder esa pregunta, ya que la historia individual se basa en la colectiva.


Bien, me doy cuenta de que puede que me haya elevado a una altitud demasiado alta con el propósito práctico de prevenir el próximo brote de pandemanía. Así que terminaré con esto: podemos reducir nuestra susceptibilidad general a infundir miedo reduciendo los niveles de miedo actuales en nuestra sociedad. Una sociedad dominada por el miedo aceptará cualquier política que prometa seguridad. ¿Cómo reducimos los niveles ambientales de miedo? No hay una única respuesta. Además, cada uno de nosotros ya sabe cómo hacerlo.


NOTAS


1) UCL (11.06.2021): Face masks should ‘continue forever’.


2) The Hill (08.04.2020): Fauci: I don’t think we should shake hands ‘ever again’.


3) Ver aquí una entrada a ese agujero del conejo: Bad Cattitude (02.08.2022): why the CDC data (and the CDC itself) cannot be trusted.



Cuidado con la "izquierda" que defiende el imperialismo humanitario

Published on: martes, 17 de mayo de 2022 // ,


por Jean Bricmont


4 de diciembre de 2012


Desde la década de 1990 y en particular desde la guerra de Kosovo en 1999 los adversarios de las intervenciones occidentales y de la OTAN han tenido que enfrentarse a lo que se podría llamar una izquierda (y una extrema izquierda) anti-anti-guerra que reúne a la socialdemocracia, a los verdes y la mayor parte de la izquierda radical (el Nuevo Partido Anticapitalista francés [1], diversos grupos antifascistas etc.) [2]. No se declara abiertamente a favor de las intervenciones occidentales y a veces las critica (en general, únicamente en relación a las tácticas seguidas y los intereses, petroleros o geoestratégicos, que se atribuyen a las potencias occidentales),pero emplea todas sus energías en «advertir» de las supuestas derivas de la izquierda que se sigue oponiendo firmemente a estas intervenciones. Nos llama a apoyar a las «víctimas» frente a los «verdugos», a ser «solidarios con los pueblos frente a los tiranos», a no ceder a un «antiimperialismo», un «antiamericanismo» o un «antisionismo» simplistas y, sobre todo, a no aliarse a la extrema derecha. Después de los albano-kosovares en 1999, les tocó a las mujeres afganas, a los kurdos iraquíes y más recientemente a los pueblos libio y sirio a los que «nosotros» tenemos que proteger.


No se puede negar que la izquierda anti-anti-guerra ha sido extremadamente eficaz. La guerra en Iraq, que se había presentado bajo la forma de una amenaza pasajera, suscitó una oposición pasajera, aunque en la izquierda solo hubo una oposición muy débil a las intervenciones presentadas como «humanitarias», como la de Kosovo, el bombardeo de Libia o actualmente la injerencia en Siria. Cualquier reflexión sobre la paz o el imperialismo simplemente se barrió ante la invocación del «derecho de injerencia» o del «deber de asistencia a un pueblo en peligro».


Una extrema izquierda nostálgica de las revoluciones y de las luchas de liberación nacional tiende a analizar cualquier conflicto en el interior de un país dado como una agresión de un dictador contra su pueblo oprimido que aspira a la democracia. La interpretación, común a la izquierda y a la derecha, de la victoria de Occidente en la lucha contra el comunismo tuvo un efecto parecido.


La ambigüedad fundamental de la izquierda anti-anti-guerra radica en la cuestión de saber quién es el «nosotros» que debe proteger, intervenir, etc. Si se trata de la izquierda occidental, de los movimientos sociales o de las organizaciones de derechos humanos, hay que plantearles la pregunta que hizo Stalin a propósito del Vaticano: «¿Cuántas divisiones tienen?». En efecto, todos los conflictos en los que se supone que «nosotros» tenemos que intervenir son conflictos armados. Intervenir significa intervenir militarmente y para ello hace falta tener los medios militares de hacerlo. Es evidente que la izquierda europea no tienen estos medios. Podría apelar a los ejércitos europeos para que interviniera en vez del de Estados Unidos, pero aquellos nunca lo han hecho sin un apoyo masivo de Estados Unidos, lo que hace que el mensaje real de la izquierda anti-anti-guerra sea: «¡Señores estadounidenses, hagan la guerra, no el amor!». Mejor aún, como después de la debacle en Afganistán y en Irak, los estadounidenses ya no se van a arriesgar a enviar tropas de tierra se pide a las Fuerzas Aéreas estadounidenses, y solo a ellas, que vayan a bombardear a los países violadores de los derechos humanos.


Evidentemente, se puede mantener que el futuro de los derechos humanos se puede confiar a la atención y a la buena voluntad del gobierno estadounidense, de sus bombarderos y de sus drones. Pero es importante comprender que eso es lo que significan concretamente todos los llamamientos a la «solidaridad» y al «apoyo» a los movimientos secesionistas o rebeldes implicados en luchas armadas. En efecto, estos movimientos no tienen necesidad alguna de las consignas gritadas en «manifestaciones de solidaridad» en Bruselas o París, y no es eso lo que piden. Quieren armas pesadas y que se bombardee a sus enemigos, y eso solo se lo puede suministrar Estados Unidos.


Si la izquierda anti-anti-guerra fuera honesta, debería asumir esta elección y pedir abiertamente a Estados Unidos que bombardeara ahí donde se violen los derechos humanos. Pero entonces debería asumir esta elección hasta el final. En efecto, esa misma clase política y militar que se supone salva a las poblaciones «víctimas de sus tiranos» es la que hizo la guerra de Vietnam, el embargo y las guerras contra Irak, la que impone sanciones arbitraras a Cuba, Irán y a todos los países que no le gustan, la que apoya incondicionalmente a Israel, la que se opone por todos los medios, incluidos los golpes de Estado, a los reformadores de América Latina, de Arbenz a Chavez pasando por Allende, Goulart y otros, y la que explota descaradamente los recursos y a los y las trabajadoras por todo el mundo. Hace falta mucha buena voluntad para ver en esta clase política y militar el instrumento de salvación de las «víctimas», pero es lo que en la práctica preconiza la izquierda anti-anti-guerra ya que, dadas las relaciones de fuerza en el mundo, no existe ninguna otra instancia capaz de imponer su voluntad por medios militares.


Evidentemente, el gobierno estadounidense apenas tiene conocimiento de la existencia de la izquierda anti-anti-guerra europea. Estados Unidos decide hacer o no la guerra en función de sus posibilidades de éxito, de sus intereses, de la oposición interna y externa a ella, etc. Y una vez desencadenada quiere ganarla por todos los medios. No tienen ningún sentido pedirle que haga solo buenas intervenciones, solo contra los verdaderos malos y con unos medios amables que salven a los civiles y a los inocentes.


Quienes pidieron a la OTAN que «mantuviera los progresos para las mujeres afganas», como hizo Amnistía Internacional (USA) durante una reunión de la OTAN en Chicago [3], piden de hecho a Estados Unidos que intervenga militarmente y, entre otras cosas, que bombardee a civiles afganos y envíe drones a Pakistán. No tiene ningún sentido pedirle que proteja y no bombardee, porque así es como funcionan los ejércitos.


Uno de los temas favoritos de la izquierda anti-anti-guerra es pedir a quienes se oponen a las guerras que no «apoyen al tirano», en todo caso, no a aquel cuyo país es atacado. El problema es que toda guerra necesita un esfuerzo generalizado de propaganda y que este se basa en la criminalización del enemigo y, sobre todo, de su dirigente. Para oponerse eficazmente a esta propaganda es necesario denunciar las mentiras de la propaganda, contextualizar los crímenes del enemigo y compararlos a los de nuestro propio campo. Es una tarea necesaria, aunque ingrata y arriesgada: se reprochará eternamente el menor error, mientras que todas las mentiras de la propaganda de guerra se olvidan una vez que terminan las operaciones.


Ya durante la Primera Guerra Mundial se acusó a Bertrand Russell y a los pacifistas británicos de «apoyar al enemigo», pero si desmontaron la propaganda de los aliados no fue por amor al Kaiser alemán, sino por apego a la paz. A la izquierda anti-anti-guerra le encanta denunciar «el doble rasero» de los pacifistas coherentes que critican los crímenes de su propio campo pero contextualizan o refutan los que se atribuyen al enemigo del momento (Milosevic, Gadafi, Assad etc.), pero este «doble rasero» no es sino la consecuencia de una opción deliberada y legítima: contrarrestar la propaganda de guerra ahí donde se encuentra (es decir, en Occidente), propaganda que se basa ella misma tanto en una constante criminalización del enemigo atacado como en una idealización de aquellos que lo atacan.


La izquierda anti-anti-guerra no tiene ninguna influencia en la política estadounidense, pero eso no quiere decir que no tenga efectos. Por una parte, su retórica insidiosa ha permitido neutralizar todo el movimiento pacifista o en contra de la guerra, pero también ha hecho imposible toda postura independiente de un país europeo, como fue el caso de Francia bajo De Gaulle e incluso, en menor medida, bajo Chirac, o de la Suecia de Olof Palme. Hoy la izquierda anti-anti-guerra, que tienen una considerable repercusión mediática, atacaría inmediatamente esta postura por considerarla un «apoyo al tirano», otro «Munich» o un «crimen de indiferencia».


Lo que ha conseguido la izquierda anti-anti-guerra es destruir la soberanía de los Estados europeos frente a Estados Unidos y eliminar toda postura de izquierda independiente ante las guerras y ante el imperialismo. También ha llevado a la mayoría de la izquierda europea a adoptar posturas totalmente contradictorias con las de la izquierda latinoamericana y a erigirse en adversarios de países como China o Rusia que tratan de defender el derecho internacional (y tienen toda la razón al hacerlo).


Un aspecto extraño de la izquierda anti-anti-guerra es que es la primera en denunciar las revoluciones del pasado que llevaron al totalitarismo (Stalin, Mao, Pol Pot etc.) y que constantemente nos pone en guardia ante la repetición de estos «errores» del apoyo a dictadores hecho por parte de la izquierda de la época. Pero ahora que la revolución la llevan a cabo los islamistas, se supone que tenemos que creer que todo va a ir bien y aplaudir. ¿Y si la «lección que hay que aprender del pasado» fuera que las revoluciones violentas, la militarización y las injerencias extranjeras no eran la única o la mejor manera de realizar cambios sociales?


A veces se nos responde que hay que actuar «con urgencia» (para salvar a las víctimas). Aunque se aceptara este punto de vista, el hecho es que después de cada crisis la izquierda no hace ninguna reflexión sobre lo que podría ser una política que no fuera el apoyo a las intervenciones militares. Esta política debería dar un giro de 180° respecto a la que actualmente predica la izquierda anti-anti-guerra. En vez de pedir más intervenciones deberíamos exigir a nuestros gobiernos un respeto estricto del derecho internacional, la no injerencia en los asuntos internos de otros Estados y sustituir las confrontaciones por la cooperación. La no injerencia no es solo la no intervención en el plano militar, sino también en los planos diplomático y económico: nada de sanciones unilaterales, nada de amenazas durante negociaciones y trato de todos los Estados en pie de igualdad. En vez de «denunciar» sin parar a los dirigentes malos de países como Rusia, China, Irán y Cuba en nombre de los derechos humanos, algo que le encanta hacer a la izquierda anti-anti-guerra, deberíamos escucharles, dialogar con ellos y hacer comprender sus puntos de vista a nuestros conciudadanos


Evidentemente, esta política no resolvería los problemas de derechos humanos, en Siria o Libia o en otra parte. Pero, ¿qué los resuelve? La política de injerencia aumenta las tensiones y la militarización en el mundo. Los países que se siente objeto de esta política, y son muchos, se defienden como pueden; las campañas de criminalización impiden las relaciones pacíficas entre Estados, los intercambios culturales entre sus ciudadanos e indirectamente el desarrollo de las ideas liberales que se supone que promueven los partidarios de la injerencia. A partir del momento en que la izquierda anti-anti-guerra abandonó todo programa alternativo ante esta política, renunció de hecho a tener la menor influencia en los asuntos del mundo. No es cierto que «ayude a las víctimas», como ella pretende. Aparte de destruir toda resistencia que hubiera aquí al imperialismo y a la guerra, no hace nada y, a fin de cuentas, los únicos que reaccionan realmente son los gobiernos estadounidenses. Confiarles el bienestar de los pueblos es una actitud de desesperación absoluta.


Esta actitud es un aspecto de la manera cómo ha reaccionado la mayoría de la izquierda ante la «caída del comunismo», apoyando exactamente lo contrario de las políticas seguidas por los comunistas, en particular en los asuntos internacionales, donde toda oposición al imperialismo y toda defensa de la soberanía era considerada por la izquierda una forma de paleoestalinismo.


Tanto la política de injerencia como la construcción europea, otro importante ataque a la soberanía nacional, son dos políticas de derecha. La una se basa en los intentos estadounidenses de hegemonía mundial y la otra en el neoliberalismo y la destrucción de los derechos sociales, justificados en gran medida por unos discursos «de izquierda»: los derechos humanos, el internacionalismo, el antirracismo y el antinacionalismo. En ambos casos una izquierda desorientada por el fin del comunismo buscó una tabla de salvamiento en el discurso «humanitario» y «generoso» completamente carente de un análisis realista de las relaciones de fuerza en el mundo. Con semejante izquierda, la derecha prácticamente no necesita ideología, le basta con la de los derechos humanos.


Con todo, estas dos políticas, la injerencia y la construcción europea, se encuentran hoy en un punto muerto: el imperialismo estadounidense se enfrenta a unas dificultades enormes tanto en el plano económico como diplomático; la política de injerencia ha logrado unir a gran parte del mundo en contra ella. Ya casi nadie cree en otra Europa, en una Europa social, y la Europa que existe realmente, neoliberal (la única posible) no suscita mucho entusiasmo entre los y las trabajadoras. Por supuesto, estos fracasos benefician a la derecha y a la extrema derecha, pero ello solo porque la mayor parte de la izquierda ha abandonado la defensa de la paz, del derecho internacional y de la soberanía nacional como condición previa a la democracia.


NOTAS


[1] Véase sobre esta organización Ahmed Halfaoui, Colonialiste d'»extrême gauche»?.


[2] Por ejemplo, en febrero de 2011, una octavilla distribuida en Toulouse preguntaba a propósito de Libia y de las amenenazas de «genocidio» por parte de Gadafi: «¿Dónde está Europa? ¿Dónde está Francia? ¿Dónde está Estados Unidos? ¿Dónde están las ONG?» y «¿Acaso el valor del petróleo y del uranio son más importantes que el pueblo libio?». es decir, que los autores de la octavilla – firmada entre otros por Alternative Libertaire, Europe Écologie-Les Verts, Gauche Unitaire, LDH, Lutte Ouvrière, Mouvement de la Paix (Comité 31), MRAP, NPA31, OCML-Voie Prolétarienne Toulouse, PCF31, Parti Communiste Tunisien, Parti de Gauche31- rerpochaban a los occidentales que no intervinieran debido a intereses económicos. Nos preguntamos qué pensaron estos autores cuando el CNT libio prometió vender el 35% del petróleo libio a Francia (y ello independientemente de que se mantuviera o no esta promesa o de que el petróleo sea o no la causa de la guerra).


[3] Véase por ejemplo: Jodie Evans, Why I Had to Challenge Amnesty International-USA’s Claim That NATO’s Presence Benefits Afghan Women.

Lo político NO es personal

Published on: martes, 3 de mayo de 2022 // ,



por Liza Featherstone


La hiperfijación en las consecuencias políticas de cada acción individual nos despoja de nuestro potencial colectivo.


¿Todavía dicen «gente de color» en vez de «BIPOC»?


Cuidado con esa lengua: están ejerciendo violencia. Tener un bebé es lo peor que pueden hacer. Aunque tal vez sea peor hacer un asado y postear una foto: se llama «meatposting» y es peor que comer carne; si la foto circula en Instagram, propaga la idea de que, a pesar de sus nocivos efectos medioambientales, comer carne es algo bueno.


Juzgar y ser juzgado es agotador. Se supone que el deporte y el entretenimiento son formas de escapar al estrés de la política. Pero no. Tenemos que hinchar por los equipos y por los jugadores que expresan opiniones políticas correctas y que toman decisiones individuales justas. Definitivamente, Kyrie Irving, estrella de la NBA que tantos titulares nos dio con su rechazo a la vacuna contra el COVID, queda fuera de la lista, igual que Tom Brady, crack del fútbol, pero amigo de Donald Trump.


Probablemente todos sentimos que hoy, aunque pongamos en juego algo intrascendente y absolutamente privado, todo lo que hacemos y decimos es político. El énfasis en la política de lo cotidiano termina siendo una carga para todos los que a duras penas llegamos al final del día. Para decirlo sin rodeos, no somos perfectos, pero eso no nos convierte en el blanco adecuado de la ira colectiva. Castigarnos y castigar a nuestros compañeros por transgresiones individuales es desviar nuestra atención de la verdadera causa de todos los problemas: la clase dominante.


Peor todavía, la hiperfijación en las consecuencias políticas de cada acción individual nos despoja de nuestro potencial colectivo.


Un estudio reciente del Wellesley College muestra que los estadounidenses blancos que más se preocupan por las cuestiones de la injusticia y la desigualdad raciales, piensan que «escuchar a las personas de color» y «estudiar el racismo» son más importantes que «apuntar los temas raciales en la agenda de las autoridades gubernamentales» o que votar.


En fin, está claro que fuimos demasiado lejos con eso de que lo personal es político.




EL ORIGEN DEL LEMA "LO PERSONAL ES POLÍTICO"


Es bueno recordar que, cuando surgió, la idea de que «lo personal es político» era interesantísima. El feminismo de la segunda ola de fines de los sesenta y comienzos de los setenta reunió a muchas mujeres que empezaron a charlar de sus vidas en grupos de «concientización». Los debates sobre el mal sexo, el trabajo doméstico y los embarazos no deseados evidenciaron la falta de poder colectivo de las mujeres y las impulsaron a organizarse y a militar por el cambio social.


Kathie Sarachild, fundadora del movimiento Redstockings, escribió que durante estas sesiones de concientización las mujeres «tomamos decisiones políticas sobre aspectos de nuestras vidas que nunca habíamos considerado en ese sentido y que pensábamos que debíamos enfrentar como pudiéramos y siempre solas». Muchos de los progresos del feminismo —el derecho al aborto, el control de la natalidad y la integración en ciertas profesiones— encontraron respaldo en esa concientización y el proceso desembocó en la publicación de algunos libros clásicos del feminismo, como La dialéctica del sexo, de Shulamith Firestone, y El mito del orgasmo vaginal, de Anne Koedt, ambos publicados en 1970.


La idea de que lo personal es político impregnó todo el movimiento feminista, desde el ensayo «¡Click! El momento de la verdad de un ama de casa» de Jane O’Reilly, publicado en la revista Ms., hasta las protestas a favor de la Enmienda de Igualdad de Derechos y los movimientos contra las violaciones. En el contexto del feminismo de la segunda ola, la consigna «lo personal es político» significaba que todos los problemas que las mujeres sufrían de manera aislada —salarios injustos, imposibilidad de acceder a ciertas profesiones dominadas exclusivamente por hombres, como la medicina o la construcción, o violencia doméstica— no eran fracasos individuales, sino consecuencias de un sistema patriarcal, es decir, problemas que planteaban la necesidad de una acción colectiva.


Pero la ética individualista de la sociedad de consumo no tardó en imprimir su sello sobre el concepto. Aprovechando el deseo de las clases medias de liberarse de la alienación de la sociedad burguesa, muchos gurúes hippies empezaron a organizar «grupos de encuentro» y a apropiarse de la estructura y de las reflexiones de los grupos de concientización.


Lejos del objetivo de construir un nuevo orden social y económico, estas prácticas apuntaban a liberar a los individuos en tanto individuos. Así llegaron todas estas ideas a la avenida Madison, donde se empezaron a crear focus groups de mujeres. Por supuesto, el fin ya no era organizarlas, sino venderles nuevos productos.




LA CIÉNAGA DEL MORALISMO


Hoy la idea de que «lo personal es político» está tocando nuevos límites. Convertida en una cultura, en vez de significar que nuestras experiencias individuales, compartidas por otros, podrían transformarse en el fundamento de una práctica colectiva, la perversión neoliberal parece haber invertido los términos de la fórmula: ahora «lo político es personal».


La idea de que «lo personal es político» ayudó a que las mujeres entendieran que una pareja violenta o un jefe acosador no eran solo problemas individuales, sino problemas políticos con soluciones políticas. Pero la noción de que lo político es personal implica exactamente lo contrario. Toma nuestro deseo de analizar políticamente el mundo y transformarlo y lo dirige contra nosotros mismos.


En un mundo donde lo político es personal, tenemos que demostrar nuestras bondades políticas esenciales. Pongamos un cartel en la puerta: «En esta casa somos creyentes». Empecemos la reunión ejecutiva de la empresa con unas palabras de reconocimiento a los indígenas. Aunque parezca inofensiva, el corolario de toda esa bondad política es la cacería de los malos. Si lo político se vuelve personal, nuestra tarea es identificar a todos los individuos que encarnan ideas políticas malas —tal vez alguien que escribió un «mal tuit»— y castigarlos por eso.


Últimamente, aunque sabemos que son inservibles en la práctica, las acusaciones cruzadas se convirtieron en un espectáculo cotidiano del mundo de la izquierda. Por ejemplo, hace unas semanas, el presentador de un podcast de izquierda se permitió publicar en Twitter lo que pensaba de Dave Chappelle… que es gracioso. La reacción fue rápida y furiosa; el tipo tuvo que abandonar su programa después de que unos loquitos amenazaron a su esposa y a sus hijos. Animado por este espíritu de desenmascarar a los malos y denunciarlos, las acusaciones de Twitter también provocaron despidos, rupturas entre grupos de amigos y mucho malestar psicológico.


Pero en la cultura de la cancelación, todo eso está justificado porque, como dijo Natalie Wynn en «ContraPoints», su programa de YouTube, lo que debemos cancelar no es solo un acto o una ofensa particular: es tu persona. Mientras que ciertas ramas del cristianismo nos instan a «amar al pecador, pero odiar el pecado», los partidarios de «lo político es personal» adoptan una perspectiva más protestante: estamos predestinados a ser buenos o malos y nuestras acciones solo demuestran si formamos parte o no del grupo de los elegidos.


En las redes sociales, los elegidos, después de condenar a los malos, reciben su recompensa en forma de likes. Y los malos son castigados en forma de tuits citados que muestran lo malos que son. Todo sistema de creencias tiene sus rituales y estos son los que nutren la cosmovisión de «lo político es personal».


Resulta que la deriva moralista de esta política es anticolectiva y antidemocrática: la bondad es un bien individual. Incluso cabe pensar que es un bien competitivo, un «bien posicional» —término que en la jerga económica remite a una cosa que tiene valor porque es rara— como bien sugiere el título del libro de Catherine Liu sobre la clase profesional-gerencial, Virtue Hoarders [Acaparadores de virtud]. Como el papel higiénico durante la pandemia, la bondad individual es difícil de alcanzar y no dura mucho tiempo.




LO PERSONAL TODAVÍA PUEDE SER POLÍTICO


Sin embargo, entusiasma comprobar que algo del espíritu de concientización de la vieja fórmula todavía sobrevive.


Las grandes campañas electorales socialistas de los últimos años hicieron que muchas personas comprendieran —y enfrentaran— los factores estructurales que operan detrás de sus problemas individuales. Alexandria Ocasio-Cortez, hoy diputada, solía ser, según sus palabras, «una moza que sufría acoso sexual», no llegaba al salario mínimo y no tenía obra social. Hace poco confesó que en aquella época pensaba que merecía todo eso. Había internalizado la ideología del neoliberalismo: si uno es pobre, por algo será. Pensaba que no había hecho suficiente mérito.


Pero cuando escuchó que Bernie Sanders reivindicaba un mundo distinto, comprendió que merecía vivir una vida cómoda y agradable y que los conflictos que enfrentaba no surgían de fracasos personales, sino de ese sistema contra el que ahora lucha.


Los mejores dirigentes políticos del movimiento socialista son los que, como Sanders —o ahora AOC—, nos ayudan a conectar nuestras experiencias personales con un movimiento político y con una solución política. De hecho, si existe una definición adecuada de la organización política, es esa.


Los militantes del movimiento de inquilinos hablan con sus compañeros sobre los dueños de las casas y los ayudan a dejar atrás el sentimiento de impotencia que hace que se conformen con un techo agujereado. Así comprenden que todos los que alquilan tienen problemas similares. Y así surgen las huelgas de inquilinos —y todas las acciones colectivas— que luchan contra la clase propietaria. Es la única manera de ganar. Cuando los militantes de Medicare for All hablan con sus compañeros sobre los infortunios que ocasionan sus obras sociales, comienzan a darse cuenta de que la salud privada está arruinando sus vidas. Lo personal todavía es político y la idea sigue movilizándonos.


Pero eso no significa que nuestra preferencia por una película de Marvel sea política, ni tampoco que cancelar a un individuo sea organizarse políticamente. Las transformaciones verdaderas exigen que seamos parte de un movimiento.


Como me dijo una vez Bill McKibben, militante contra el cambio climático: «Muchas veces me preguntan, «¿qué podemos hacer individualmente para salvar el planeta?». Siempre respondo, «Lo mejor que podemos hacer es ser menos individuales».




Cloudalists: Una nueva clase nos gobierna desde la nube

Published on: jueves, 14 de abril de 2022 // ,

por Yanis Varoufakis


Había una vez en que los bienes de capital solo se fabricaban como medios de producción. Los aparejos de pesca rescatados por Robinson Crusoe, el arado de un labrador, y el horno de un herrero eran objetos que ayudaban a pescar más peces, producir más alimentos y hacer más herramientas relucientes. Entonces llegó el capitalismo y los intereses de los dueños del capital con dos nuevos poderes: el de obligar a los sin capital a trabajar por un salario y el de fijar los objetivos de las instituciones que definen políticas. Sin embargo, hoy está surgiendo una nueva forma de capital que está dando origen a una nueva clase gobernante y, quizás, incluso a un nuevo modo de producción (1).

Al comienzo de este cambio estuvo la televisión comercial gratuita. La programación misma no se podía mercantilizar, así que se usó para atraer la atención de los televidentes antes de vendérsela a los publicistas. Los auspiciadores de los programas utilizaron su acceso a la atención de la gente para hacer algo atrevido: generar emociones (que habían escapado a la mercantilización) para profundizar… la mercantilización.

La esencia del trabajo del publicista se resumió en una frase de Don Draper, uno de los protagonistas de la serie televisiva Mad Men, situada en la industria publicitaria de los años 60 del siglo XX. Ayudando a su protegida Peggy sobre cómo pensar en la barra de chocolate Hershey que su empresa estaba publicitando, Draper expresó el espíritu de los tiempos:

“No te compras una barra de Hershey para comer un par de gramos de chocolate. Lo haces para recapturar la sensación de sentirte amada que tenías cuando tu papá te la compraba por cortar el césped”

La comercialización masiva de la nostalgia a que alude Draper marcó un punto de inflexión en el capitalismo. Draper puso el dedo en una mutación fundamental de su ADN. Ya no bastaba con fabricar de manera eficiente cosas que la gente quería. Los deseos mismos se convirtieron en un producto que requería habilidades especiales de fabricación.

Ya en los primeros días del nacimiento de internet los conglomerados, decididos a mercantilizarla, convirtieron los principios de la publicidad en sistemas algorítmicos que hacían posible transformar en objetivo una persona específica, algo imposible para la televisión. Al principio, los algoritmos (como los que usaban Google, Amazon y Netflix) identificaban grupos (clústeres) de usuarios con patrones y preferencias similares, agrupándolos para completar sus búsquedas, sugerirles libros y recomendarles películas. El verdadero salto ocurrió cuando los algoritmos dejaron de ser pasivos. 

Una vez los algoritmos pudieron evaluar su propio desempeño en tiempo real, comenzaron a comportarse como agentes, monitoreando y reaccionando a los resultados de sus propias acciones. Eran afectados por cómo afectaban a las personas. Antes de que nos enteráramos, la tarea de instilar deseos en nuestras almas pasó de Don y Peggy a Alexa y Siri. Quienes ponen en duda cuán real es la amenaza de la inteligencia artificial (IA) para los trabajos no manuales deberían preguntarse: ¿qué es exactamente lo que hace Alexa

Aparentemente, Alexa es una sirvienta mecánica que está en la casa y a la que podemos ordenar que apague las luces, pida leche, nos recuerde llamas a nuestras madres y así sucesivamente. Por supuesto, Alexa es solo el rostro de una gigantesca red de IA basada en la nube que millones de usuarios entrenan varios miles de millones de veces cada minuto. A medida que conversamos por teléfono, o nos movemos y hacemos cosas por la casa, aprende nuestras preferencias y hábitos, y poco a poco va desarrollando una extraña habilidad de sorprendernos con buenas recomendaciones e ideas que nos dan que pensar. Antes de darnos cuenta, el sistema ha adquirido importantes poderes para guiar nuestras decisiones… en la práctica, de controlarnos. 

Con aparatos o apps estilo Alexa basados en la nube en el papel que una vez ocupara Don Draper, nos encontramos en el más dialéctico de los retrocesos infinitos: entrenamos al algoritmo a que nos entrene a servir los intereses de sus dueños. Mientras más lo hacemos, con mayor rapidez aprende el algoritmo a controlarnos. Como resultado, los dueños de este capital de control algorítmico basado en la nube se merecen un término que los distinga de los capitalistas tradicionales. 

Estos “nubistas” (cloudalists) son muy diferentes de los dueños de una empresa publicitaria tradicional cuyos anuncios nos podrían convencer también a comprar lo que no necesitamos ni deseamos. Con todo lo glamorosos o inspirados que hayan podido ser sus empleados, firmas como la ficticia Sterling Cooper de Mad Men vendían servicios a corporaciones que trataban que nosotros les comprásemos cosas. En contraste, los nubistas cuentan con dos nuevos poderes que los distinguen del sector de servicios tradicional. 

Primero, los nubistas pueden extraer enormes ingresos de los fabricantes cuyos productos nos convencen de comprar, porque el mismo capital de control que nos hace querer esos productos sostiene las plataformas (por ejemplo, Amazon.com) donde esas compras se realizan. Es como si Sterling Cooper se apoderara de los mercados donde se venden los productos que publicita. Los nubistas están convirtiendo a los capitalistas tradicionales en una nueva clase de vasallos que deben pagarles tributo por la oportunidad de ofrecernos sus productos. 

Segundo, los mismos algoritmos que guían nuestras compras tienen además la capacidad subrepticia de darnos órdenes directas para producir más capital de control para los nubistas. Lo hacemos cada vez que publicamos fotos en Instagram, escribimos reseñas de libros en Amazon, o sencillamente nos desplazamos por la ciudad de modo que nuestros teléfonos aporten a los datos sobre congestión de Google Maps

Poco nos debería sorprender, entonces, que esté surgiendo una nueva clase gobernante compuesta por los dueños de una nueva forma de capital basado en la nube que nos ordena reproducirlo dentro de su propio mundo algorítmico de plataformas digitales hechas a medida y fuera de los mercados de productos o trabajo convencionales. Esto no es una contradicción en una era en que los dueños del capital de control han ganado un exorbitante poder sobre todos, incluidos los capitalistas tradicionales. 

NOTAS

(1) Yanis Varoufakis (28.06.2021): El tecno-feudalismo está tomando el control.

Dictadura digital: lo que Google nos tiene preparado

Published on: sábado, 11 de diciembre de 2021 // ,

por Philippe Godard


Philippe Godard, ensayista y escritor francés, autor sobre todo de documentales infantiles sobre el tema de la ecología, se ha interesado por Google y su estrategia política. Después del artículo «De quoi le QR code est-il le nom?», lejos de cualquier simplificación, elabora en este artículo (titulado originalmente «Dictature numérique : ce que Google vous prépare») una crítica exhaustiva de las inspiraciones y aspiraciones ideológicas del gigante de Internet a favor de un control ampliado de los individuos, o más bien de sus comportamientos, así como una reducción del papel del Estado, a través del concepto de Estado mínimo. ¿El resultado? La reconstrucción de una historia que es más compleja y problemática de lo que parece.

Una de las particularidades de la empresa Google es que adoptó muy pronto una estrategia política, y no sólo comercial, económica y financiera. Esta particular estrategia política, basada en la ausencia de leyes en el mundo virtual y en una fraseología ambigua, se ha adaptado especialmente bien al mundo cambiante de los primeros veinte años del siglo XXI. Encuentra sus dos fuentes de inspiración fundamentales en un psicólogo, Skinner, y en un pensador del Estado, Nozick.

CONDUCTISMO, ESTADO MÍNIMO Y GOOGLE

Aquí no encontrarás ni rastro de una conspiración de Google, de defensores de la tecnología totalmente digital o de un think tank [1] que ideó e impulsó –¿con qué medios?– a Google al rango de «amo del mundo», armado con su propia estrategia de poder. Ciertamente, desde finales de los años 70, algunos think tanks han desempeñado un papel político fundamental en Estados Unidos, como la Heritage Foundation. Desde la campaña para la primera elección de Ronald Reagan, esta fundación muy conservadora ha publicado una serie de voluminosos trabajos titulados «Mandate for Leadership» [Mandato para el liderazgo], que esbozan nada menos que un programa «listo para ser usado» por una administración recién elegida. La Fundación Heritage ayudó a elegir a Ronald Reagan en 1980, y una vez elegido, también ayudó a poner en práctica sus políticas básicas, hasta el punto de que, según el Washington Post, el libro se había convertido en «una especie de manual para la nueva administración».

Pero Google no está vinculado a ningún partido o grupo en particular: la empresa desarrolla su propia agenda política. El objetivo es mostrar el vínculo entre una teoría psicopolítica, el conductismo, teorizada por Burrhus Frederic Skinner en los años 60-70, y una teoría del Estado «mínimo» expuesta por Robert Nozick en la misma época, y Google. Estas dos visiones han confluido en esta empresa emblemática del mundo moderno, Google, nacida en 1998, que resulta ser ante todo una herramienta política al servicio de lo que podríamos llamar un «capitalismo de condicionamiento y vigilancia». Fue Eric Schmidt, que fue durante un tiempo su presidente y consejero delegado, quien expresó más abiertamente el eje político de Google, antes de convertirse en asesor especial de seguridad del Pentágono.


“Comprometidos con la mejora del estado del mundo”… Foro Económico Mundial (anual), Davos, 2015. “El futuro de la economía digital” con Sheryl Sandberg (Facebook), Eric Schmidt (Google) y Satya Nadella (Microsoft Corp)


DEL HOMBRE AUTÓNOMO AL HOMBRE MANIPULADO

El «hombre autónomo», al que Skinner dedica su libro Beyond Freedom and Dignity (Más allá de la libertad y la dignidad) y sus trabajos académicos, es un ser peligroso, impulsado por el deseo de libertad y la búsqueda de reconocimiento que le proporcionará dignidad. Pero Skinner lucha contra esta libertad y dignidad en nombre de un interés superior: la continuación de nuestra civilización. Su solución es sencilla: «Lo que necesitamos es una tecnología del comportamiento». Si no podemos cambiar a las personas desde dentro, por medios psicológicos, religiosos, políticos o de otro tipo, hay que canalizar su comportamiento a través de incentivos y reforzadores. No se trata de mejorar a las personas, sino de hacer que su comportamiento sea «bueno».

El objetivo de la obra de Skinner es demostrar que el control del entorno de los individuos permitirá controlar a éstos y, por consiguiente, salvar la cultura y la sociedad modernas de los peligros que las acechan. Los individuos que son imprevisibles amenazan la civilización. Sin embargo, Skinner se pregunta quién dirigirá este sistema de condicionamiento de la conducta:

Skinner aún no sabe cómo resolver la cuestión, pero dice: «Está en la naturaleza del progreso científico que las funciones del hombre autónomo se controlen a medida que se comprende mejor el papel del entorno». El condicionamiento se justifica así por una hipotética «naturaleza del progreso científico». El punto principal es rechazar la idea tradicional de que la política o la forma de poder pueden hacer al hombre mejor. Esta modificación del entorno daría lugar más tarde a la invención y generalización del entorno virtual, que ahora ocupa un lugar central en la vida humana del siglo XXI, tanto a nivel individual como colectivo.

Skinner planteó una idea fundamental, la de la ilusión de nuestra autonomía: «Lo que estamos en proceso de abolir es el hombre autónomo, el hombre interior, el homúnculo […]. El hombre autónomo es un dispositivo que se invoca para explicar lo que no se puede explicar de otra manera. Se ha construido sobre nuestra ignorancia, y a medida que nuestra comprensión avanza, el mismo material del que está hecho se evapora. La ciencia no deshumaniza al hombre, lo “deshomunculiza”, y debe hacerlo si se quiere evitar la abolición de la especie humana. A «El hombre en tanto que hombre» le decimos sin dudarlo: que te vaya bien. Sólo despojándolo nos dirigiremos a las verdaderas causas del comportamiento humano. Sólo entonces podremos pasar de lo inferido a lo observado, de lo milagroso a lo natural, de lo inaccesible a lo manipulable. Manipulación en nombre de una concepción superior de la “ciencia del comportamiento”: «El análisis científico del comportamiento desposee al hombre autónomo y transfiere al entorno el control que se suponía que debía ejercer.»

Más que un anuncio profético, la última frase de Beyond Freedom and Dignity suena como una amenaza: «Todavía no hemos visto lo que el hombre puede hacer con el hombre.» Leemos en él una respuesta a la preocupación que Norbert Wiener expresó en los años 50-70, cuando se preocupaba por las consecuencias de su propia invención, la cibernética; ya en 1954, Wiener observaba: «Somos esclavos de nuestras mejoras técnicas […]. Hemos cambiado tan radicalmente nuestro entorno que ahora debemos cambiar nosotros mismos para poder existir en este nuevo entorno. Y ya no podemos vivir en el antiguo. […] Casi parece como si el propio progreso y nuestra lucha contra la creciente entropía tuvieran que acabar intrínsecamente en un resultado vertical del que intentamos escapar». La preocupación de Wiener había encontrado un firme opositor en Skinner. Sin embargo, para que la visión de Skinner se imponga, alguna entidad, ya sea un Estado o una empresa, tendría que introducir el control y la manipulación del comportamiento que él pedía para «salvar la cultura». De esto se encargará Google…


Buscador de Google


Es como si Skinner hubiera ofrecido a sus seguidores un escenario ya preparado: el control del comportamiento del individuo para ponerlo al servicio de fines que le superan. Hay al menos dos preguntas esenciales que quedan sin respuesta. En primer lugar, ¿qué hacer con los Estados y la democracia? En segundo lugar, ¿quién establecería este control del mundo y lo mantendría bajo control? Sin olvidar un tercer reto global, también fundamental: dado que el control de los seres humanos implicará en gran medida un sobre consumo en los países ricos, único «reforzador» creíble, y el empobrecimiento de los países del Sur, proveedores de materias primas y de mano de obra muy barata, ¿cómo hará frente el planeta a la previsible catástrofe ecológica, al aumento de la brecha entre ricos y pobres y a las migraciones que inevitablemente se producirán? Todo esto son problemas que hereda el siglo XXI.

ACABAR CON LA ANARQUÍA MEDIANTE EL ESTADO MÍNIMO

Al mismo tiempo que Skinner, un renombrado economista y profesor de Harvard llamado Robert Nozick proporcionó en Anarquía, Estado y Utopía el escenario económico y político-institucional que necesitarían sus sucesores. Lo llamó “Anarquía” porque Nozick, siendo un pensador “libertariano”, es sin embargo bastante sensible al argumento, anarquista y moral según él, de que no se debe hacer nada contra el individuo, que es lo que justifica la crítica al Estado como entidad inmoral. Nozick justificará así una forma de Estado que los anarquistas individualistas no podrán criticar desde un punto de vista moral.

El individualismo de Nozick es muy diferente de la idea anarquista; consiste esencialmente en una defensa radical de la libertad empresarial. Por ejemplo, en el ámbito de la salud, «un investigador médico que encuentra un nuevo producto sintético capaz de tratar eficazmente una nueva enfermedad no empeora la situación de los demás privándoles de lo que se ha apropiado, si se niega a venderlo de otra manera que no sea de acuerdo a sus condiciones». La moral tal y como la defiende Nozick es puramente individualista hasta el cinismo… y no tiene nada que ver con la dimensión colectiva de la anarquía.

Nozick parte del estado de naturaleza y se pregunta cuál es la mejor solución «moral» entre la «anarquía» de este estado de naturaleza y el peor estado imaginable – que hay que evitar. La gama es amplia. Nozick quiere que el Estado respete al individuo; ¿hasta dónde se puede llegar en la construcción de un Estado sin perjudicar al individuo? La pregunta, abstracta de entrada, le permite sin embargo esbozar un estado reducido a lo que él llama el Estado “mínimo”. Este se limita a la policía, al ejército y a una justicia que respete a todos los ciudadanos y no sólo a los que actúan positivamente para el país (un ciudadano no cooperativo podrá contar con la policía en caso de agresión); ésta es su única concesión, y pretende, una vez más, evitar cualquier desafío en nombre de la moral y del individuo.

“La primera parte [de Anarquía, Estado y Utopía] justifica el Estado mínimo; la segunda parte argumenta que no se puede justificar un Estado ligeramente más desarrollado”: esta idea es esencial; en su propia teoría política, Schmidt y Cohen (Google) también quieren limitar el papel del Estado al tiempo que impugnan la posibilidad de que este papel sea “ligeramente más desarrollado”. Para lograr sus fines, Nozick desarrolla «una teoría de la justicia que no requiere ninguna extensión del Estado». El ataca todo lo que pueda justificar un Estado más extenso, y así critica la noción de igualdad, el control obrero y las teorías «marxistas».

Para Nozick, la evolución hacia un Estado mínimo es inevitable. Llevaría, más o menos, a lo que conocemos hoy con la imposición desigual, sin debate democrático, del teléfono inteligente, del código QR, de todo el ecosistema tecnológico, con las redes sociales, la omnipotencia de los buscadores, etc., al mismo tiempo, el Estado se desentiende de la sanidad, de las obras sociales, de la educación nacional (que ahora sabotea abiertamente), de las vías de comunicación, de las carreteras o de la red ferroviaria, etc. Un buen resumen del estado actual de la situación política lo dieron los Chalecos amarillos: «Cuando todo sea privado, nos quedaremos sin nada».


Privatizaciones: la República en el mercado (en francés)


¡Y LLEGA GOOGLE!

Skinner y Nozick sólo eran profesores, ciertamente famosos y respetados, ¡pero el mundo no se gobierna desde Harvard! La suerte o el genio de Schmidt fue haber conseguido un hueco en el mundo empresarial, y además en la empresa líder de nuestro tiempo, lo que le abrió un bulevar para desarrollar su propia teoría del poder.

En su libro seminal, escrito conjuntamente con Jared Cohen, The New Digital Age, Schmidt no menciona a Skinner ni a Nozick. Sin embargo, todo el texto está impregnado de las ideas de estos dos teóricos. Nuestro objetivo aquí es llamar la atención sobre este hecho fundamental: las estrategias, incluidas las de «choque», son concebidas cada día por individuos o think tanks con el objetivo de asegurar la continuación de lo existente – que está en crisis desde hace décadas, hasta el punto de que podemos considerar que el capitalismo es un sistema en constante desequilibrio y que sus repetidas crisis, en última instancia, le benefician por el miedo que inducen, este miedo lleva a los ciudadanos a esperar la simple continuación de lo existente.

Lo que podríamos llamar el pensamiento Google tiene tanto en común con el trabajo de Skinner y de Nozick que nos parece importante destacarlo. Porque cuando no entendemos lo que hace el enemigo, es el enemigo quien nos domina – y actualmente hay más de 8.000 millones de smartphones en este planeta, la mayoría de ellos conectados a Menlo Park, la sede de Google… ¡Así que el enemigo tiene su chivato en nuestros bolsillos!

Si Schmidt arremete contra los anarquistas a lo largo de The New Digital Age, mezclando a Anonymous y Julian Assange en una línea similar, no es porque sea antianarquista. Es porque está profundamente convencido de lo que argumenta en las primeras páginas del libro: «Internet es el mayor experimento de la historia sobre la anarquía». En efecto, la Red ha dado un inmenso poder a cualquier usuario de Internet, incluidos los enemigos del sistema…

Schmidt coincide aquí con Timothy Leary, el apóstol de los experimentos psicodélicos de los años sesenta y setenta, cuya «profecía» en Chaos et Cyberculture se basa en una confusión entre anarquía y caos, pero Leary sacó conclusiones diametralmente opuestas a las de Schmidt. Leary ensalzó el caos como una posibilidad concreta de emancipación de quienes todavía no se autodenominaban «internautas». Leary se hizo eco de los argumentos de los primeros hacktivistas de la web: los científicos que inventaron la web crearon las condiciones para la ruptura del sistema burocrático. «La idea de que pueda haber individuos dotados de identidad y capacidad de elección», dice un año después de la invención de la web, «parece una locura, una auténtica pesadilla, no sólo para los burócratas gobernantes, sino para los liberales con sentido común». En realidad, Leary, al igual que muchos defensores de la libertad de Internet, no se dio cuenta en 1994 de que se convertiría en un lugar virtual profundamente ambiguo: libertad por un lado y restricción por otro, con condicionamiento hacia los sitios comerciales y los que promueven la violencia en todas sus formas, incluida la pornografía (considerar la pornografía como una forma de violencia es una burla al sentido común y, en términos absolutos, un expresión de puritanismo radical: ¿de que pornografía habla el autor?, AyR). En cuanto a esta libertad tan ensalzada por Leary, sólo era condicional: para disfrutarla, el internauta debe tener alguna idea de lo que busca en medio de un océano de miles de millones de sitios. La «serendipia», esa capacidad de encontrar lo que uno no buscaba en primer lugar, es un mito apropiado para describir eufemísticamente la realidad… de una confusión de pensamiento.


La nueva era digital: remodelando el futuro de las personas, las naciones y las empresas escrito en coautoría por Jared Cohen, director de Ideas de Google, y Eric Schmidt, director ejecutivo de Google


Schmidt da a la palabra «anarquía» otro significado que el de «caos». Se da cuenta de las cualidades que, en el momento de la aparición de la web, suscitaron una verdadera locura por esta nueva forma de comunicación e intercambio, de descubrimiento y de inventiva. Cuando Schmidt y Cohen escriben al principio de su ensayo que «Internet es una de las pocas obras creadas por el hombre que éste no comprende realmente», esta afirmación no debe tomarse a la ligera. Implica que ellos, Schmidt y Cohen, sí lo entienden, y lo que es más importante, significa que en el origen de la red hay individuos que no midieron las consecuencias en términos de anarquía, en el sentido de «caos».

Así, Tim Berners-Lee, el inventor del hipertexto y, por tanto, el principal inventor de la web como red de comunicación global, no comprendió la «caja de Pandora» que estaba abriendo. Berners-Lee creía, como tantos otros en su época, incluido Leary, que los usuarios de Internet utilizarían la web para aprender, para intercambiar, para resolver problemas a través de la experiencia, para transmitir valores. En cambio, una gran parte de los usuarios de Internet utilizan la red para comprar y vender, apostar, dar rienda suelta a sus fantasías pornográficas, presumir de una manera narcisista que a menudo va acompañada de la denigración de los demás, o incluso del insulto. El ideal de Berners-Lee, de carácter enciclopédico y basado en la puesta en común a escala mundial, se ha derrumbado ciertamente, aunque no haya desaparecido, como podemos ver, porque una parte importante de los internautas sigue utilizándola de forma inteligente y según valores que entran en el ámbito del rechazo de la dominación y de la sumisión, que son valores propiamente anarquistas (es importante señalar aquí que Tim Berners-Lee no es ningún inocente, ya que forma parte desde 2011 del consejo directivo de la Ford Foundation, uno de los principales "Think Tanks" del Complejo Militar-Industrial de EEUU estrechamente relacionado con la CIA y el Pentágono, AyR).

El propio Berners-Lee da testimonio, en su página web, de su desilusión, siguiendo el ejemplo de muchos otros activistas de los primeros tiempos de Internet, que afirmaban que «la información quiere ser libre», sin darse cuenta de que el uso de la libertad depende de los valores que queramos defender y transmitir. En efecto, se trata de una forma de «anarquía», como diría Schmidt, que se ha impuesto en la red a escala mundial. No sólo la anarquía emancipadora, por desgracia, sino también el caos, la dominación absoluta, permitiendo tanto la expresión emancipadora como la expresión de carácter fascistoide (difamación, conspiraciónes, mentiras de todo tipo, desinformación, etc.).

EL MUNDO SEGÚN GOOGLE

Google presenta su trabajo de forma totalmente democrática. Así, los «10 principios básicos de Google», disponibles en la web y constantemente actualizados, afirman que «la democracia en la web funciona». La búsqueda de Google funciona porque su tecnología confía en los millones de personas que enlazan con sus sitios web para determinar el valor del contenido de otros sitios. Evaluamos la importancia de cada página web basándonos en más de 200 criterios y una variedad de técnicas, incluyendo nuestro algoritmo patentado PageRank™ que determina qué sitios son «elegidos como las mejores fuentes de información a través de otras páginas en la web» (Principio #4).

Esto significa que el consenso determina la clasificación de un sitio web, no la exigencia ética ni la objetividad científica. Apoyarse en el reconocimiento de un sitio por parte de otros sitios refuerza la posición de los más solicitados. Reforzar una posición dominante en un mercado es, en realidad, la ortodoxia del sistema capitalista, ¡y ciertamente no es un principio democrático! Porque en una democracia, el verdadero valor es el disenso, la expresión de opiniones que divergen del consenso mayoritario, en la medida en que el nivel de democracia se mide por la capacidad de la sociedad de aceptar, o no, la posibilidad de una diversidad de opiniones.

En el Principio 6, Google revela más de su estrategia: «Descubrimos que los anuncios de texto orientados obtenían un mayor porcentaje de clics que los anuncios aleatorios. Cualquier anunciante, independientemente de su tamaño, puede aprovechar este medio para dirigirse a un público de forma muy específica». La confesión es clara: esto es un negocio, no una democracia. Google, gracias a nuestros clics, acumula suficientes datos para analizar con mucha precisión el comportamiento de los internautas, para saber siempre mejor lo que quieren comprar o ver o leer. Gracias al principio de los «clics» efectivos, que luego se venden a empresas comerciales, Google prospera económicamente ofreciéndonos… ¡lo que aún no sabíamos que queríamos!


El ascenso de GPay


Porque el Principio 10 dice: «Aunque no sepas exactamente lo que buscas, nuestro trabajo es encontrar una respuesta». Nos esforzamos por anticiparnos a las necesidades de los usuarios de Internet de todo el mundo para poder satisfacerlas con productos y servicios innovadores que establecen nuevos estándares. «Anticiparse a las necesidades» es la base de esta ideología de la certidumbre, que es una certidumbre sólo para los vendedores e incluso para los políticos, ya que Google también se anticipa a los votos manipulando a los votantes, como confesó Schmidt en relación con las dos elecciones de Obama sin que ello causara la más mínima perturbación en el mundo político y en las «democracias». Todo esto para «establecer nuevas normas», que es lo más opuesto a la anarquía –y es fácil ver por qué los anarquistas en el sentido más amplio son los enemigos de Google… Lo opuesto a la democracia también, sobre todo porque Google se atribuye el derecho de seguirnos a todas partes, como dice el Principio 5: «En un mundo cada vez más móvil, las personas quieren tener acceso instantáneo a la información que necesitan, sin importar dónde estén». Gracias a Android, Google Now, Google Calendar, etc., Google reduce a todo el mundo a cliente de las empresas que compran esos famosos clics, y no a un ciudadano libre de escapar del ojo del Estado. Google teje una red «panóptica» alrededor de los internautas que utilizan sus servicios: la empresa lo sabe todo sobre ellos, y les sugiere lo que van a comprar antes de que ellos mismos lo sepan…

Skinner habría tenido la empresa y las herramientas que quería para desarrollar su «tecnología de comportamiento»: Google Search, Android, Gmail, Google Now, Google Calendar, Google Ads, Street View, el coche automatizado y todos los inventos de Google están diseñados para saberlo todo sobre el comportamiento de cada individuo, bajo el dominio de un condicionamiento invisible – lo que quería Skinner.

GOOGLE: ¿EL PUESTO DE PODER?

Schmidt y Cohen se preguntan finalmente lo mismo que Skinner sobre el control de quien ejerce este sistema de control:

«Quedan serias dudas para los estados responsables. El potencial de uso indebido de este poder [digital] tremendamente alto, por no hablar de los peligros introducidos por los errores humanos, los datos erróneos y la simple curiosidad. Un sistema de información totalmente integrado, con todo tipo de datos, con programas informáticos que interpretan y predicen el comportamiento, y con seres humanos que lo controlan, es tal vez demasiado poderoso para que cualquiera pueda maniobrar de forma responsable. Además, una vez construido, un sistema de este tipo nunca se desmantelará».

Sin embargo, el dilema está hábilmente formulado: la cuestión del control debe plantearse a los «Estados responsables», no a Google (que tiene la respuesta)… Porque los Estados pueden abusar de su poder, aunque sólo sea por un «error humano», por «datos erróneos», o incluso por la «simple curiosidad» de un funcionario muy celoso… El argumento es penoso, pero funciona.


Febrero de 2010, Century Foundation y National Security Network. Jared Cohen (Google), Heather Hurlburt y Mehdi Yahyanejad


Pero Google sabe que algunas personas no aceptarán este control de sus propias vidas. Aquí es donde Schmidt y Cohen defienden el modelo de Estado mínimo, reducido a su estricta función represiva. En la respuesta al terrorismo, «las empresas tecnológicas son las únicas que están en condiciones de liderar este esfuerzo a nivel internacional», argumentan. «Muchas de las más grandes tienen todos los valores de las sociedades democráticas sin la pesada herencia de un Estado: pueden llegar donde los gobiernos no pueden, hablar con la gente sin precauciones diplomáticas y operar en el lenguaje neutral y universal de la tecnología. Además, la industria que produce los videojuegos, las redes sociales y los teléfonos móviles: es la que mejor sabe cómo distraer a los jóvenes en cualquier sector, y los niños son el verdadero grupo demográfico de los grupos terroristas. Las empresas […] entienden a los niños y los juguetes con los que les gusta jugar. Solo cuando tengamos su atención podremos esperar ganar sus corazones y sus mentes».

Esta nueva división del trabajo en el ámbito de la lucha antiterrorista es un ejemplo perfecto del Estado mínimo. Google, como nuevo centro de mando del mundo, manda porque Google conoce mejor a todos esos «niños» que «son el verdadero grupo demográfico de los grupos terroristas». Además, dado que Google entiende «a los niños y los juguetes con los que les gusta jugar», es por supuesto la empresa mejor situada para vigilarlos y, si es necesario, denunciarlos.

Lo único que tiene que hacer Google es pedirle al Estado que desempeñe su papel de imponer el control y la represión sobre el terreno, que es precisamente el papel del Estado mínimo de Nozick

«A medida que los terroristas desarrollen nuevos métodos, los estrategas antiterroristas tendrán que adaptarse a ellos. El encarcelamiento no será suficiente para contener una red terrorista. Los gobiernos deben decidir, por ejemplo, que es demasiado arriesgado que los ciudadanos permanezcan «desconectados», desvinculados del ecosistema tecnológico. En el futuro, como hoy, podemos estar seguros de que los individuos se negarán a adoptar y utilizar la tecnología, y no querrán tener nada que ver con los perfiles virtuales, las bases de datos en línea o los teléfonos inteligentes. Un gobierno tendrá que considerar que una persona que no adopte estas tecnologías tiene algo que ocultar y probablemente esté planeando infringir la ley, y ese gobierno tendrá que elaborar una lista de estas personas ocultas como medida antiterrorista. Si no tiene registrado ningún perfil social virtual ni un teléfono móvil con conexión, y si sus credenciales en línea son inusualmente difíciles de encontrar, debería considerarse un candidato para su inclusión en esta lista. También estará sujeto a un estricto conjunto de nuevas normas, que incluirán un riguroso control de identidad en los aeropuertos y hasta restricciones de viaje».

Esto es exactamente lo que está ocurriendo con el uso del código QR, la herramienta soñada del Estado mínimo, ya que le permite saber todo sobre cada uno de nosotros a golpe de clic e imponernos restricciones de viaje. El Estado sólo tiene que cumplir su función represiva, mientras que cada ciudadano se convierte en policía de sus semejantes, gracias al código QR y a la ‘app’ que permite leerlo… Una sociedad autocontrolada, todo ello supervisado por Google, con un Estado mínimo como brazo armado, encargado de hacer entrar en razón a los ciudadanos recalcitrantes, incluso mediante la prohibición de entrar en determinados lugares públicos, también en países democráticos, hasta para recibir tratamiento hospitalario. ¿Cómo se ha producido todo esto tan fácilmente?


“Actualiza tu realidad”. Conferencia DLD (una red global de conferencias y medios de comunicación sobre innovación, digitalización, ciencia y cultura). Múnich


LA ESTRATEGIA DE CHOQUE AL RESCATE DEL CAPITALISMO DE VIGILANCIA

Las teorías de Skinner y Nozick han tenido sin duda una influencia considerable en la visión del mundo de Google, la visión digital que Schmidt destaca en sus diversos discursos, incluso en su página web personal y en la de su empresa, modestamente titulada «Schmidt Futures». Este programa no es un secreto, y no es una conspiración en absoluto; sólo hay que leer lo que Schmidt y algunos otros escriben y publican para convencerse. El sitio web de Schmidt Futures comienza con la siguiente afirmación: «Reunimos a la gente, escuchamos sus ideas y seguimos las mejores ideas. Se trata de una estrategia que da prioridad a las personas (a people-first strategy)». Por lo tanto, no hay ninguna conspiración en el trabajo actual de Google o de su ex-CEO, ahora experto del Pentágono. Solo hay una elaboración continua de las «mejores ideas», de escenarios listos para ser utilizados en cuanto un «shock» permita imponer medidas particularmente represivas o impopulares.

La estrategia de choque, ensayada en los países del Sur desde los años 70, se ha convertido en una estrategia de poder en los países dominantes e industrializados. Estamos asistiendo a un movimiento bastante comparable al descrito por Karl Polanyi en La gran transformación. En el siglo XIX, el país dominante en el proceso de la revolución industrial, Gran Bretaña, a través de una serie de errores económicos estratégicos, creó en casa las condiciones de extrema miseria que había experimentado antes en sus colonias. Por supuesto, hundir al pueblo en la miseria extrema es una excelente manera de mantener el poder, siempre que las causas de la miseria no sean visibles. De lo contrario, existe un gran riesgo de derrocamiento del poder existente, o incluso de una revolución. Con respecto a la revolución industrial, la tesis de Polanyi es que esta miseria, cuyas causas reales, según él, no fueron comprendidas ni por el pueblo ni por las élites, condujo a la destrucción de la vida social y, después de 1918, al fascismo y a la Segunda Guerra Mundial.

En el siglo XXI, es probable que asistamos a un fenómeno similar, en el sentido de que, como dicen Schmidt y Cohen, «Internet es una de las pocas obras construidas por el hombre que éste no comprende realmente». Sobre esta base, Google tiene derecho a construir un mundo bastante incomprendido, sobre todo porque Google avanza a gran velocidad y presume de ello; este es el principio 3 de su «filosofía»: «Siempre más rápido». Se dan las condiciones para que se produzca el fenómeno del control total de la población que, ante tantos puntos incomprensibles de las políticas seguidas por los estados en torno a la pandemia desde finales de 2019, se encuentra finalmente en un estado de estupefacción tal que las respuestas son por el momento insuficientes. Pero la nueva destrucción de la vida social a la que asistimos es sólo una etapa, no un punto final.


Google Street Car, Pacific Coast Highway


UNA NUEVA DIVISIÓN DEL TRABAJO POLÍTICO

El verdadero cambio de paradigma es la nueva división del trabajo entre los Estados y las empresas mundiales de control del comportamiento. Google, con sus tecnologías centradas en la predicción del comportamiento individual, y Facebook, posiblemente más adelantado con las tecnologías de reconocimiento facial, han asumido parte del poder que antes tenían los Estados, es decir, el control de sus poblaciones, gracias a su ventaja tecnológica y a la falta de comprensión de lo que estaba ocurriendo. La ventaja tecnológica es evidente, ya que la propia NSA utiliza los servicios de Google y Facebook para rastrear a posibles terroristas. En cuanto a la incomprensión de los profundos cambios en curso, es una explicación plausible de la incoherencia de las medidas tomadas durante la pandemia del covid-19, que puede pensarse como la difusión del miedo entre la población, pero que también es el resultado de la incapacidad de los dirigentes para ponerse de acuerdo sobre una situación que no controlan. Habríamos entrado entonces en una nueva «gran transformación», que podríamos caracterizar por la incapacidad de las élites que dirigen los estados para adaptarse al mundo creado desde cero por las megaempresas del ecosistema digital y virtual, que nada tiene que ver con un supuesto comité oculto que dirige el mundo. La pandemia solo ofrece «la posibilidad del shock»; es la política «post-shock» la que transforma nuestro mundo…

El miedo que nace de la incertidumbre absoluta del mañana, ya sea en el plano económico, ecológico, educativo o político, y la destrucción del vínculo social nunca han sido el deseo más profundo del ser humano. Es cierto que Google consigue, sin duda, extraer datos de los clics de los internautas («… los anuncios de texto orientados [permiten] obtener una tasa de clics superior a la de los anuncios aleatorios») para predecir e incluso anticipar su comportamiento económico e incluso político. Pero al hacerlo, los ideólogos de Google, no más que Skinner antes que ellos, no se dan cuenta de que simplemente van en contra de lo que es la vida biológica, humana, profundamente humana… No es seguro que Google y sus aliados tengan los medios económicos para transformar el planeta hasta el punto de que todo en él sea predecible, previsto y organizado de tal manera que se garantice la continuidad de lo existente. Esta es probablemente la contradicción más profunda de su sistema, porque tienen que ser capaces de organizarlo para que todo siga según sus deseos y los de las empresas que pagan por los clics previstos y contabilizados por Google. Esto es lo que hace que sea una continuación de lo existente: la continuación del sistema capitalista con su clase de explotadores, ciertamente cada vez más disimulada ante los ojos de los explotados, y un sistema productivo basado en gran medida en la primacía del mundo digital.


Après le COVID-19 : La Stratégie du Choc (en francés)


NOTAS

[1] Think tank: literalmente «tanque de pensamiento», también conocido como laboratorio de ideas, instituto de investigación, gabinete estratégico, centro de pensamiento, centro de reflexión.... Es una institución o grupo de expertos de naturaleza investigadora, cuya función es la reflexión intelectual sobre asuntos de política social, estrategia política, economía, militar, tecnología o cultura. Pueden estar vinculados o no a partidos políticos, grupos de presión o lobbies, pero se caracterizan por tener algún tipo de orientación ideológica marcada de forma más o menos evidente ante la opinión pública. De ellos resultan consejos o directrices que posteriormente los partidos políticos u otras organizaciones pueden o no utilizar para su actuación en sus propios ámbitos.

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