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Noticias Amor y Rabia

La sombra de la guerra de Libia es alargada

Published on: miércoles, 8 de julio de 2015 // , ,


 Por RABIOSO

«Nunca más lograré librarme de
los fantasmas que he convocado»
GOETHE (Fausto)



La muerte de más de 800 refugiados cuando intentaban alcanzar la UE desde la costa libia ha sido utilizado por el militarismo europeo para proponer la puesta de marcha de una nueva campaña de bombardeos en Libia, esta vez contra las redes de trafico ilegal de inmigrantes. La dificultad de obtener un mandato de la ONU, la negativa de la OTAN a participar y sobre todo la falta de claridad respecto a cómo se pretende llevar a cabo no han impedido a Bruselas anunciar la puesta en marcha de la operación en junio; según el ministro español de Exteriores, García Margallo, se quiere destruir «desde el aire o desde el mar (...) aquellas instalaciones» que sirven a las mafias o desde la que «zarpan los barcos» que se dedican al tráfico de personas, siguiendo el «precedente más inmediato» de los ataques aéreos en Somalia. Más allá de la retórica humanitaria, el objetivo real de la UE es hacerse con el control de Libia, cuyo estado se ha desintegrado y cuyo territorio está en manos de dos autoproclamados «gobiernos» y decenas de milicias armadas de diversas fracciones de señores de la guerra dispersas por todo el país. ¿Cómo se llegó a esta situación?

LOS FRUTOS DE LA VICTORIA

En 2011, EEUU puso en marcha con ayuda de sus aliados europeos la llamada «Primavera Árabe», una nueva versión de los métodos golpistas de las «Revoluciones de colores». Tras una primera etapa en la que se usaron protestas pacíficas y no violentas para derribar a los regímenes de Ben Alí en Túnez y Mubarak en Egipto se pasó rápidamente (primero en Libia y luego en Siria) a una nueva etapa caracterizada por el uso de una violencia brutal: degollamientos de policías desarmados en Zauiya (en las proximidades de Trípoli), asalto con armas y coches bomba suicidas contra los cuarteles en Bengasi... Era el principio: en total murieron más de 90.000 civiles en la supuesta «rebelión popular», como la calificó Santiago Alba Rico, jefe de Rebelión.org.

Esta violencia fue convenientemente ocultada por los medios de comunicación occidentales que llevaron a cabo al unísono una masiva campaña de propaganda para exigir una intervención militar. El motivo aducido era el supuesto ametrallamiento de manifestantes en Trípoli, la capital libia, por helicópteros del régimen de Gadafi, algo de lo que nunca no existió prueba alguna, como reconoció el gobierno alemán (DS 17/5409 del 21-04-2011). Gracias a dichas mentiras (y a la pasividad de Rusia y China) la ONU emitió la resolución 1973, que «legalizó» una intensa campaña de bombardeos que arrasó las infraestructuras civiles, mientras la OTAN apoyaba a los «rebeldes», en realidad una combinación de fundamentalistas islámicos (encabezados por los Hermanos Musulmanes), nacionalistas bereberes y un sector importante de la cúpula del régimen de Gadafi.

Poco se ha hablado de como se llevó a cabo la operación contra Libia, pese a que precisamente ahí está la semilla de la actual crisis de refugiados. Derribar los regimenes tunecino y egipcio era clave para aislar al Estado libio, y al mismo tiempo para asegurar los suministros para la «rebelión» en la zona occidental del país. De hecho, la derrota del régimen de Gadafi se debió a la ofensiva llevada a cabo por los nacionalistas bereberes en el verano de 2011, cuando el frente oriental se había quedado estancado y las sucesivas derrotas a manos del ejército libio dieron lugar a una lucha interna en el campo rebelde que costó la vida al general Abdel Fatah Yunis, antiguo ministro de Gadafi y jefe militar de las fuerzas «rebeldes» torturado hasta la muerte por islamistas.

LA OTAN Y LOS TRAFICANTES: DIVIDE Y VENCERÁS

Durante la guerra, la OTAN colaboró con las redes de contrabando de las tribus bereberes («amazigh»), que estaban enfrentadas al Estado libio. Fue precisamente una ofensiva de estas tribus, armadas por Francia y Qatar, apoyadas por una campaña de bombardeos de la OTAN y una ofensiva de los islamistas de Misurata, lo que llevó a la toma de la capital, Trípoli, y el derrumbe del régimen. El colaboracionismo de los nacionalistas bereberes con la OTAN es similar al de los nacionalistas indios misquitos con los escuadrones de la muerte de la Contra de EEUU en Nicaragua o a los nacionalistas albaneses en Kosovo también con la OTAN, y ha dado los mismos resultados, desintegrando el Estado y transformando el país en un infierno en manos de «señores de la guerra», permitiendo a los líderes de estas tribus disfrutan de una era de oro del contrabando. Un breve vistazo a un mapa permite comprobar que es precisamente por territorio bereber por donde pasan las principales redes de tráfico de refugiados, y es desde la costa situada en la proximidades del territorio bereber desde donde parten las pateras en dirección a Europa.

La oleada de pateras que pretenden combatir la OTAN y la UE es en realidad la consecuencia de haber destruido al régimen de Gadafi, y la pasividad de occidente frente al horror en que se ha sumergido Libia tras la intervención «humanitaria» permite suponer que, en realidad, un estado libio de cualquier color será siempre demasiado peligroso debido a su posición geográfica, su reducida población y sus inmensos recursos económicos; baste recordar el papel clave de Libia en suministrar los Exocet a Argentina durante la Guerra de las Malvinas, los acuerdos triangulares con Italia y la Unión Soviética, en crear la Unión Africana reduciendo el peso del imperialismo francés en África, o su decisión de vender toda su producción de gas a Rusia, parte de las guerras del gas entre occidente y Moscú (ver Boletín Amor y Rabia, nº 3) y que posiblemente sea el motivo real de la guerra.

Un país en ruinas es la excusa perfecta para justificar la «guerra eterna» contra el terrorismo de que habla Obama y que se practica en varias zonas del mundo desde hace décadas, mientras se justifica la existencia de la OTAN (o la creación de un ejército europeo). Es una situación similar a Irak, cuya situación geográfica y recursos hacen que cualquier estado iraquí sea una amenaza, debido a su capacidad de actuar de manera independiente: un ejemplo fue la decisión de Sadam de abandonar el dólar y favorecer en lugar de ello la aparición del Petroeuro, que habría hecho tambalearse los pilares económico-financieros de la hegemonía de EEUU y provocó una profunda grieta entre EEUU y el tándem franco-alemán hegemónico en la UE, que se negó a apoyar la guerra. Para impedirlo se apoyan grupos fundamentalistas y nacionalistas, fuerzas centrífugas que permiten desestabilizar a estados «incómodos».


QUE SE AHOGEN

Una prueba de que lo que está ocurriendo no es casualidad es que el negocio mortífero del tráfico de refugiados desde Libia no es un fenómeno nuevo, sino que empezó en 2011, durante la guerra contra Libia. Al igual que la guerra en Afganistán destruyó el Estado y entregó el control del territorio a bandas de «señores de la guerra» que en presencia de la OTAN volvieron a poner en marcha el tráfico de heroína que había aniquilado los talibanes, la guerra de Libia permitió la resurrección de las mafias del tráfico de refugiados.

Nadie se acuerda ahora de que las renacidas redes de inmigración ilegal iniciaron sus actividades en plena guerra, aprovechando la incapacidad del Estado libio de impedirlo, ya que la OTAN, con la excusa de proteger a «manifestantes indefensos», se dedicó a hundir los buques de la Marina de guerra libia. Pese a que los buques de la OTAN carecían de contrincante y tan sólo navegaban en la costa libia en las zonas designadas, no tardaron en conocerse casos en los que se habían negado a ayudar a barcas de refugiados con problemas. Veamos un par de ejemplos, sin olvidar que, las informaciones sobre lo ocurrido son escasas al ser una zona bajo control total de la OTAN desde el inicio del conflicto en marzo:

 ● En marzo una barca con 72 refugiados pide ayuda por teléfono, pero pese a que había un portaviones francés y un barco español en la zona no recibieron ayuda; 61 muertos.

 ● En mayo un barco de la OTAN dejó morir de hambre a 63 refugiados que pidieron ayuda, dejándoles a la deriva durante 16 días.

 ● A comienzos de agosto, se acusó a los barcos de la OTAN de no haber ayudado a una barca con 370 refugiados a la deriva. El comportamiento de la OTAN fue tan escandaloso que incluso el gobierno italiano la acusó de dejar morir a los refugiados a propósito; debido al escándalo Amnistía Internacional, que había exigido a gritos la agresión militar, pidió a la OTAN que explicase su comportamiento. Naturalmente, la OTAN lo negó todo, pese a las evidencias.


El comportamiento de la OTAN fue tan escandaloso que incluso el gobierno italiano la acusó de dejar morir a los refugiados a propósito; debido al escándalo Amnistía Internacional, que había exigido a gritos la agresión militar, pidió a la OTAN que explicase su comportamiento. Naturalmente, la OTAN lo negó todo, pese a las evidencias.



LA PURGA DE LOS ESCLAVOS

En Libia, las mafias tenían un doble color: nacionalista, en el caso de los bereberes, e islamista, en el caso de los traficantes de Misurata; estos últimos se destacaron durante la guerra por su racismo y desprecio hacia los habitantes del resto del continente, algo que se pone de manifiesto en llevar a la muerte cierta a cientos de personas (mujeres y niños incluidos) en barcas incapaces de aguantar el viaje. Este comportamiento inhumano se manifestó durante la guerra. Las milicias de Misurata (que capturaron a Gadafi, le torturaron hasta la muerte y luego expusieron su cadáver) se destacaron por su feroz racismo, linchando, robando y violando a cualquier persona de piel oscura con la excusa de su supuesto apoyo a Gadafi, como denunció hasta la BBC.

Este racismo se centró en los habitantes de Tawarga (40.000 al inicio del conflicto), una ciudad cercana a Misurata fundada por antiguos esclavos liberados. Tawarga era pro-Gadafi, mientras que Misurata fue junto con Bengasi uno de los dos centros del golpe de la OTAN; sus instalaciones portuarias, las mejores de toda Libia, permitieron el florecimiento de una burguesía para la cual el régimen de Gadafi era una molestia, y fue fundamental para la logística del golpe contra Gadafi.

Según el Wall Street Journal, cuando cayó el régimen, las milicias de Misurata llamadas «Brigadas para purgar a los esclavos y negros» sembraron el terror en Tawarga y expulsaron a sus habitantes, convirtiéndola en una ciudad fantasma; no contentos con esto, las milicias de Misurata atacaron también campos de refugiados de Tawarga, como ocurrió en Trípoli mucho después del fin del conflicto. Lo mismo ocurrió en Kosovo tras la «intervención humanitaria»: los nacionalistas albaneses llevaron a cabo una brutal limpieza étnica, sembrando el terror ante la pasividad de la OTAN. Es el precio que tiene que pagar Libia, antaño el país con el nivel de vida más alto de África, por recibir la «libertad» de las antiguas potencias coloniales.



HAPAG-LLOYD RECOMIENDA NO AYUDAR A LOS REFUGIADOS

Según denuncia el diario Junge Welt, la empresa alemana Hapag-Lloyd, una de las mayores del mundo (200 buques) en el sector de transporte de contenedores, y entre cuyos propietarios está la ciudad de Hamburgo, ha recomendado a sus capitanes que no cambien de rumbo si ven barcas con refugiados, así como que no les acojan a bordo. El texto del documento interno (Fleet Circular, nº expediente: «SM 05-2014») está firmado por el jefe de la flota, Richard von Berlepsch, y fechado el 10 de noviembre de 2014, señala que «por desgracia» cada vez menos países están dispuestos a acoger a los refugiados que se rescatan. La recomendación de Berlepsch es una clara invitación a violar la tradición marina de rescatar a naufragos y el artículo 98 de la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar; según Berlepsch, los buques tendrán que mantener su rumbo, y tan sólo si reciben señales de socorro han de ayudar. Teniendo en cuenta que las barcas carecen de radio o de otros medios para llamar la atención, esto permite cerrar los ojos y pasar de largo. Detrás de esta criminal recomendación está naturalmente el dinero: según las investigaciones de Junge Welt, cada día de retraso de un buque de contenedores puede llegar a costar 50.000 euros.

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